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La
Ciudad de los Césares:
Enclave
Templario
en la Patagonia Argentina
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Pistas
para Encontrarla
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Ciudades
de los Césares - Recopilación
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PAGINA
AUN EN CONSTRUCCION
Enclave
Templario
en la Patagonia Argentina. Sobre el Orígen de la Leyenda.
De cómo se mezclaron las Historias de Náufragos,
Sobrevivientes
de Ciudades Chilenas destruidas por Mapuches, Mitimáes
Incaicos en retirada y la Verdadera Ciudad de los Césares
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En
wikipedia se encuentra un resumen muy interesante para entender
rápidamente el tema, que reproducimos aqui
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La
Ciudad de los Césares, también conocida como Ciudad
encantada de la Patagonia, Ciudad errante, Trapalanda, Trapananda,
Lin Lin o Elelín, es una ciudad hasta ahora "mítica"
de América del Sur, que se supone ubicada en algún
lugar del Cono Sur (preferentemente en algún valle cordillerano
de la Patagonia entre Chile y la Argentina).
La
ciudad se caracterizó por ser buscada intensamente durante
la época colonial de Chile y Argentina, pues se suponía
que había sido fundada según las diferentes versiones,
por españoles (náufragos, o exiliados), y/o por
mitimaes incas; y que estaba llena de riquezas, principalmente
oro y plata.
El
origen principal de la leyenda de la mítica Ciudad de
los Césares, esta en cuatro historias independientes.
Estas historias fueron las siguientes:
1) El viaje de César
La
primera referencia a una ciudad perdida que se relacionaría
con la Ciudad de los Césares, data de 1528; durante la
expedición de Sebastián Gaboto al río de
la Plata. El capitán Francisco César y catorce
hombres más partieron a explorar el territorio hacia
el oeste, y se especula que llegaron hasta Los Andes o solo
hasta las Sierras de Córdoba.
César
y seis de sus soldados volvieron tres meses más tarde
relatando que habían visto una tierra muy rica que tenía
"ovejas del Perú" (llamas) y gran abundancia
de joyas y metales preciosos. Durante el siglo XVI se empezó
a conocer a este misterioso lugar con el nombre de lo de César,
a veces con intención burlesca. Cuando las historias
comenzaron a hablar de la existencia de una ciudad inca, sus
habitantes empezaron a ser llamados Césares.
Como
su ubicación era incierta y al no encontrársela,
empezó a sugerirse que esta misteriosa ciudad se hallaba
mucho más al sur. Postulándose diferentes ubicaciones.
Así, según el investigador Ricardo E. Latcham,
de haber sido las Sierras de Córdoba, tendría
explicación la presencia de llamas y de metalurgia, pues
en esa zona habitaban los diaguitas y los comechingones, ambos
influidos por el Imperio inca; aunque estas características
también se reflejaban en las otras zonas mencionadas
del norte de Chile y Argentina.
2)
La fuga de los mitimaes
En
aquella época también circulaban otras historias
de un rico asentamiento en el sur del continente, pues un grupo
de mitimaes (colonos incas) se fugó de la zona de Santiago
del Estero en 1535 después de fracasar en un intento
de rescatar al noble inca Pablo Inga, guía de Diego de
Almagro y medio hermano de Atahualpa. Se creía que ellos
llevaban consigo muchas riquezas y que habían fundado
una ciudad inca en alguna parte del sur de Argentina. Los rumores
e informes de indios que decían haber visitado este asentamiento
se sucedieron durante el resto del siglo XVI.
Además,
el cronista y maestre de campo Miguel de Olaverria indica que
los súbditos incas que habitaban cerca al río
Maule, al recibir el asedio de los mapuches y al enterarse que
su rey estaba capturado por los españoles, resolvieron
no volver a sus tierras, sino migrar a "lo de Cesares".
En su informe escribe que ...y pasaron la gran cordillera por
el río Butagan que esta cerca del dicho rio Maule y hay
opiniones que no vinieron al Peru a causa de estar los españoles
apoderados de sus tierras y que están poblados en lo
que llaman de Cesares sobre la mar del Norte de que hay noticia
y muchas señales.
3) Los náufragos españoles
de la Patagonia
Posteriormente,
también varias expediciones españolas a la zona
del estrecho de Magallanes fracasaron y empezaron a circular
historias sobre la fundación de ciudades por parte de
sus sobrevivientes, sobre todo acerca de la suerte que corrieron
los amotinados de la expedición de Simón de Alcazaba
y los náufragos de la expedición armada por el
Obispo de Plasencia.
El
naufragio de la expedición del Obispo de Plasencia durante
la travesía que tenía como fin tomar posesión
de la gobernación del Estrecho de Magallanes ocurrió
en 1540, cuando ya estaban llegando a su destino. Cerca de 200
personas lograron refugiarse en tierra y se internaron en ella
para establecerse hasta que los rescataran. No se tuvo noticias
de ellos hasta unos 20 años después, cuando dos
de los náufragos lograron llegar a Concepción,
en el Reino de Chile, y contaron que otros sobrevivientes habían
fundado una ciudad en la Patagonia y que las riquezas de los
incas estaban en ella.
La
historia de dos de los náufragos: en 1563, veintitrés
años después del naufragio de una de las naves
del Obispo de Plasencia, llegaron a Concepción (Chile)
dos hombres que habían estado en el barco. Se llamaban
Pedro de Oviedo y Antonio de Cobos; y narraron cómo se
habían salvado junto con la mayor parte de la tripulación
y se habían internado tierra adentro al mando de Sebastián
de Argüello, hasta encontrarse con un poblado de indios.
Según ellos, después de algunas escaramuzas y
un periodo de desconfianza, los españoles lograron asentarse
en esa tierra en paz con los aborígenes y tomaron a indias
como esposas. En su relato hablaban de un poblado inca ubicado
más al norte que estaba en guerra con ellos. Pero más
tarde estos dos hombres asesinaron a un amigo del capitán
y debieron huir a refugiarse entre aquellos "incas".
El escribiente que anotó la declaración de Oviedo
señaló que: ...La tierra era muy fértil
y por la parte más principal que los fueron llevando
caminaron dos días poco a poco y vieron multitud de oficiales
plateros con obras de vasijas de plata gruesas y sutiles y algunas
piedras azules y verdes toscas que las engastaban. La gente
era lucida y aguilena y al fin de la del Perú sin mezcla
de otras. Dizen que les enbidaban con plata y ellos se excusaron,
pidiendo solo de comer y pasaje el cual se lo dieron y para
el camino veinte indios que 10s pusieron en lo alto de la cordillera
en derecho a la Villa Rica y entregados con rehenes a los pulchez
pasaron y vinieron a la ciudad de Concepcibn donde estuvieron
por huespedes el maestro del campo el general Juan gutierrez
de Altamirano.
4)
Los exiliados de Valdivia, Villarrica y Osorno
Igualmente
circuló también la leyenda que indicaban que eran
ciudades opulentas que la habían formado los pobladores
exiliados de las ciudades australes de Valdivia, Villarrica
y Osorno. Siendo un grupo de los pobladores que se salvaron
del ataque sufrido, cuando estas ciudades fueron destruidas
por los mapuches y huilliches; hecho sucedido luego del desastre
de Curalaba, a fines del siglo XVI.
Apartir
de este hecho igualmente se originó la creencia de que
probablemente en la región cordillerana, al sur de Valdivia
(en la zona de la actual Región de Los Lagos de Chile),
se encontraba la ciudad principal de los césares, (puesto
que se contaban hasta tres); la que se creía que estaba
ubicada en medio de una laguna de nombre Payegué o Puyequé
(haciendo referencia al Lago Puyehue), cerca de un estero llamado
Llanquecó, al este de la cercanas ruinas de Osorno.A
partir de la destrucción de estas ciudades, también
se crearía la versión de que un grupo de los sobrevivientes
fueron a asilarse a las pampas del este, donde fundaron la ciudad.
La
fusión de las cuatro historias
Con
el paso de los años estas historias diferentes llegaron
a fundirse en una sola, que contenía también elementos
fantásticos de la tradición europea. En ella,
el poblado de los náufragos españoles tomaba características
de una rica ciudad inca y sus habitantes también eran
llamados los Césares. Esta fusión de estas historias
produjo que la leyenda definitiva de la mítica ciudad
se ubicara en algún lugar indefinido del Cono Sur, de
preferencia, en algún valle cordillerano de la Patagonia
entre Chile y Argentina; siendo así como la leyenda de
mítica Ciudad de los Césares formaría parte
de la mitología chilena y argentina.
Búsqueda
Producto
de las riquezas que se decía existirían en esta
mítica ciudad, se produjeron varias expediciones para
encontrarlas. Estas expediciones fueron las siguientes:
La
entrada de Diego de Rojas El primer viaje de exploración
que puede considerarse que tenía como uno de sus objetivos
hallar la ciudad lo realizó Diego de Rojas en 1543, cuando
entró desde Perú al territorio de la actual Provincia
de Santiago del Estero, en busca de una rica región ubicada
entre Chile y el Río de la Plata. El gobernador de Perú
Cristóbal Vaca de Castro escribió al Rey en 1542:
Asimismo
hay noticia que entre la provincia de Chile y el nasçimiento
del río grande que llaman de La Plata, ay una provincia
que se llama, hazia la parte del mar del Norte, de aquel cabo
de las sierras nevadas, que diz que es muy poblada y rica; por
manera, que la cordillera de las sierras nevadas que atraviesa
estas provinçias hacia el Estrecho, queda entre las provinçias
de Chili y esta tierra: tengo proveído para ello capitán
Diego de Rojas. Diego de Rojas logró recorrer gran parte
del área que se le había encomendado explorar
pero no encontró rastros de la ciudad que contaba César,
aunque sí halló algunas gallinas europeas que
éste había dejado entre los indios. Rojas murió
sin completar su misión en 1544, durante un enfrentamiento
con los juríes.
Noticias
de Alderete y Villagra. Cuando Francisco de Villagra volvió
de Perú con refuerzos para Pedro de Valdivia en 1551,
envió un destacamento desde el valle de Cuyo hacia el
sur a buscar lo de César. No encontraron la región,
pero sí recibieron informes de la presencia de españoles
refugiados en las pampas. En la misma época, el adelantado
Jerónimo de Alderete cruzó al lado oriental de
los Andes a fundar una ciudad y reconocer el terreno. Él
también oyó a los indígenas relatar las
historias de los sobrevivientes españoles viviendo en
paz con los indios y las del asentamiento inca.
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Cronología
de La búsqueda de la Ciudad de los Césares - Historia
de Cada Expedición y Trayectoria
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| Expedición
de Francisco César - 1526 |
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Primera
referencia a la existencia de la Ciudad de los Césares.
El capitán Francisco César, llegado al Río
de la Plata en la expedición de Sebastián Caboto,
informa sobre una misteriosa y rica ciudad
al suroriente del río Paraná
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| La
Historia de los Mitimaes - 1535 |
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Mitimaes
incas del norte chico huyen al sur del país tras un intento
frustrado de liberar al príncipe Pablo, que acompaña
la expedición de Diego de Almagro. Surge con ello el
rumor de una nación inca en las tierras australes.
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| Naufragio
de la Expedición del Obispo de Plascencia en el Estrecho
de Magallanes -1540 |
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En 1540 Naufraga en el estrecho de Magallanes un buque de la
expedición organizada por el obispo de Plasensia a las
Malucas. Más de dos décadas después dos
de los náufragos llegan a Concepción, informando
de la existencia de una ciudad fundada por los otros sobreviviente
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Expedición
de Diego de Rojas en busca de la Ciudad de los Césares
- 1543
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Fue
un explorador y conquistador español del siglo XVI. Nacido
en la ciudad de Burgos afines del siglo XV o principios del
siglo XVI y muerto en 1544 en Santiago del Estero en lo que
hoy es Argentína. Llego a a la ciudad de Santo Domingo
en 1516. En 1522 se trasladó para México donde
estubo bajo las órdenes de Hernán Cortés,
posteriormente formo parte del ejército conquistador
de Pedro de Alvarado, participando en las conquistas delo que
ahora es México, Guatemala y El Salvador. Despues de
la segunda fundación de San Salvador en 1528, fue enviado
junto a otros cápitanes para terminar la conquista de
lo que ahora es El Salvador. Iniciando en 1529 la conquista
de la zona oriental de El Salvador (dominado por los indígenas
lencas). Tomado preso por Martín Estete (enviado de Pedrarias
Dávila para adueñarse de San Salvador y conquistar
los territorios Lencas), fue liberado cuando el cápitan
Francisco de Orduña derroto a Martín Estete. Se
estableció en Acajutla a fines de 1532 y junto a Pedro
de Portocarrero fueron los encargados de la conquista y la pacificación
de los pueblos indígenas de la Costa del Bálsamo.
En 1536 viajo a lo ahora es Perú, como parte de un cuerpo
de auxilio para ayudar al ejército de Francisco Pizarro.
Entre 1538 y 1539 participo en la conquista de la provincia
de Charcas, en donde fue su primer gobernador. En
1543 exploró el Río de la Plata con 200 hombres
como le ordenara el gobernador de Perú Cristóbal
Vaca de Castro poco después de la conquista de Perú
por parte de Francisco Pizarro. Llegó a ser Justicia
Mayor y junto a Lope de Aguirre exploró el territorio
de los indios chunchos. Fundó Chuquisaca muriendo poco
después en 1544 a causa de una flecha envenenada en Santiago
del Estero.
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Juan
Jufré, Teniente del Gobernador Francisco Villagra, envía
una expedición desde Cuyo para reconocer la provincia
de Trapananda o los Césares - 1563
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| La
región de Cuyo estaba dentro de la gobernación de
Nueva Andalucía creada el 21 de mayo de 1534 por Carlos
V para Pedro de Mendoza. Quedó luego incluida dentro de
la gobernación de Nueva Extremadura creada por Pedro de
Valdivia el 11 de julio de 1541, que se extendía 150 leguas
desde la costa del océano Pacífico a partir del
paralelo 27° S, confirmada por Carlos V en 1552. Los primeros
españoles que ingresaron en el actual territorio mendocino
lo hicieron en 1551 a las órdenes de Francisco de Villagra,
quien descendió desde el Perú por la ruta del Tucumán
con el objetivo de unirse a Pedro de Valdivia en Chile. El 2 de
Marzo de 1561 el capitán Pedro del Castillo fundó
la ciudad de "Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja",
dándole el nombre del gobernador de Chile, García
Hurtado de Mendoza.
Otra
expedición al mando del capitán Juan Jufré,
enviada por Villagra el sucesor de García Hurtado de
Mendoza en la gobernación de Chile, traslada la ciudad
a la margen izquierda del río a "dos tiros de arcabuz"
al sudoeste, el 28 de marzo de 1562, rebautizándola "Ciudad
de la Resurrección en la Provincia de los Huarpes",
pero perduró su nombre original. El 13 de junio de 1562
Juan Jufré de Loayza y Montese, fundó San Juan
de la Frontera, en el valle de Tucuna, por orden de Francisco
de Villagra, capitán general de Chile. El corregimiento
de Cuyo dependiente de la Capitanía General de Chile
fue creado en 1564, fue uno de los once corregimientos en que
se subdividió Chile. Aunque se ha perdido su acta fundacional,
se cree que la ciudad de San Luis fue fundada el 25 de agosto
de 1594 por Luis Jufré de Loaysa y Meneses, teniente
corregidor de Cuyo. En 1596, después de haber sido abandonada,
Martín García Oñez de Loyola, capitán
general de Chile, mandó fundarla nuevamente. Entonces
la ciudad recibió el nombre de "San Luis de Loyola
Nueva Medina de Río Seco".
El
25 de junio de 1751 el maestre de campo Juan de Echegaray fundó
la villa de San José de Jachal. En 1767 fueron expulsados
los jesuitas del corregimiento. Para detener el avance pehuenche
se erige el Fuerte San Carlos (5 de febrero de 1770). En 1772
al crecer la población alrededor del fuerte se fundó
la Villa San Carlos en el Valle de Uco. El 1 de agosto de 1776,
el corregimiento de Cuyo pasó a ser una de las partes
constituyentes del virreinato del Río de la Plata, pasando
a ser en 1782 la Intendencia de Cuyo y en 1783 parte de la Intendencia
de Córdoba del Tucumán. Cuyo siguió bajo
la jurisdicción de la Real Audiencia de Chile hasta 1785,
cuando fue establecida la Real Audiencia de Buenos Aires.
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| 1583
- Expedición de Lorenzo Bernal del Mercado, con el auspicio
del gobernador de Chile Alonso de Sotomayor |
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1604
- Expedición de Hernando Arias de Saavedra, que saliendo
de Buenos Aires llega hasta el río Negro
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1619 - Cosme de Cisterna, gobernador de Chiloé, envía
una expedición de reconocimiento con el objeto de averiguar
la existencia de los Césares
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| 1621
- Expedición de Diego Flores de León llega hasta
el lago Nahuel Huapi |
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1622 - Expedición de Jerónimo Luis de Cabrera
desde Córdoba. Un levantamiento indígena lo obliga
a regresar a las alturas del río Negro
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| 1669-1673
- Expediciones del jesuita Nicolás de Mascardi por la Patagonia
austral. En su largo periplo, cruza cuatro veces la cordillera
de los Andes y llega hasta el estrecho de Magallanes sin encontrar
rastros de la Ciudad de los Césares. En 1673 muere asesinado
por los indígenas, tras fundar una misión en el
lago Nahuel Huapi |
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1674-1676 Expediciones de Manuel Gallardo y Antonio de Vea a
los archipiélagos australes, en busca de asentamientos
o barcos enemigos
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1703 - El jesuita Felipe de la Laguna refunda la misión
de Nahuelhuapi, punto estratégico para las comunicaciones
entre Chiloé y Chile central
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1707 - Silvestre Antonio Díaz de Rojas presenta a la
corte en Madrid un Derrotero camino cierto y verdadero desde
la ciudad de Trinidad, puerto de Buenos Aires, hasta la ciudad
de los españoles que vulgarmente llaman la Ciudad Encantada,
acompañado de una Descripción de la Ciudad de
los Españoles
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"Derrotero
de un viaje desde Buenos Aires a los Césares, por el
Tandil y el Volcán, rumbo de sud-oeste, comunicado a
la corte de Madrid, en 1707, por Silvestre Antonio de Roxas,
que vivió muchos años entre los indios Pegüenches"
Los
indios de esta tierra se diferencian algo en la lengua de los
Pampas del Tandil del Volcán.
1)
Dirigiéndose al sud-oeste hasta la
sierra Guaminí, que dista de Buenos Aires ciento
y sesenta leguas, se atraviesan sesenta leguas de bosques, en
que habitan los indios Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida,
pero amiga de los españoles.
2)
Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía
sin pasto ni agua, y se lleva desde el
Guaminí el rumbo del poniente. Al fin de dicha
travesía se llega a un río
muy caudaloso, y hondo llamado de las Barrancas: tiene
pasos conocidos por donde se puede vadear.
3)
De dicho río se siguen cincuenta
leguas al poniente, de tierras estériles y medanosas,
hasta el río Tunuyán.
Entre los dos ríos habitan los indios Picunches, que
son muchos, y no se extienden sino entre ambos ríos.
4)
De dicho río Tunuyán, que es muy grande, se
siguen treinta y leguas de travesía, por medanos ásperos,
hasta descubrir un cerro muy alto, llamado Payén.
Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es
nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas
de oro muy fino; y al pie del cerro grande uno pequeño,
con panizos como de azogue, y es de minerales de cristal fino.
Por lo dicho resultan, hasta el pie de
la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá
a causa de los rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos
de los ríos. Pero por un camino directo no puede haber
tantas, si se considera que desde Buenos Aires a Mendoza hay
menos de 300 leguas, abriendo algo más el rumbo desde
aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y
el Payén, según el rumbo de la Cordillera, queda
al sur de Mendoza.
Prosigue
el derrotero al Sur, costeando la Cordillera hasta el valle
de los Césares
5)
Caminando diez leguas, se llega al río
llamado San Pedro, y en medio de este camino, a las cinco
leguas, está otro río y cerro, llamado Diamantino,
que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan
los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.
Cuatro leguas más al sur, hacia el río llamado
de los Ciegos, por unos indios que cegaron allí en un
temporal de nieve, habita multitud de indios, llamados Pegüenches.
Usan lanza y alfanje, y suelen ir a comerciar con los Césares
españoles.
6)
Por el mismo rumbo del sur, a las treinta
leguas, se llega a los indios Puelches, que son hombres
corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches son pocos,
parciales de los españoles, y cristianos reducidos en
doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile. En la tierra de
estos Puelches hay un río hondo y grande, que tiene lavadero
de oro.
7)
Caminando otras cuatro leguas hay un río
llamado de Azufre, porque sale de un cerro o volcán,
y contiene azufre.
8)
Por el mismo rumbo, a las treinta leguas,
se halla un río muy grande y manso,
que sale a un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los
indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son
los verdaderos Césares.
8)
Es gente mansa y pacífica; usa flechas, o arpones grandes,
y hondas, que disparan con mucha violencia: hay en su tierra
muchedumbre de guanacos que cazan para comer. Tienen muchos
metales de plata, y solo usan del plomo romo, por lo suave y
fácil de fundir. En dicho valle
hay un cerro que tiene mucha piedra imán.
9)
Desde dicho valle, costeando el río, a
las seis leguas se llega a un, pontezuelo, a donde vienen
los Césares españoles que habitan de la otra
banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras),
a comerciar con los indios. Tres leguas
más abajo está el paso, por donde se vadea el
río a caballo en tiempo de cuaresma, que lo demás
del año viene muy crecido.
9)
En la otra banda de este río grande está la ciudad
de los Césares españoles, en un llano poblado,
más a lo largo que al cuadro, al modo de la planta de
Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos, y casas de
piedra labrada y bien techadas al modo de España: en
las más de ellas tienen indios
para su servicio y de sus haciendas. Los
indios son cristianos, que han sido reducidos por los dichos
españoles. A las partes del norte y poniente,
tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan muchos minerales
de oro y plata, y también cobre: por el sud-oeste
y poniente, hacia la Cordillera, sus campos, con estancias
de muchos ganados mayores y menores, y muchas chácaras,
donde recogen con abundancia granos y hortalizas; adornadas
de cedros, álamos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre
de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite, porque no
han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte
de sur, como a dos leguas está la mar, que los proveen
de pescado y marisco. El temperamento es el mejor de todas las
Indias; tan sano y fresco, que la gente muere de pura vejez.
No se conocen allí las más de las enfermedades
que hay en otras partes; solo faltan españoles para poblar
y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageración
lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve
y toqué con mis manos. (Firmado.)
Silvestre Antonio de Roxas
Dicho
Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navíos
de don José Ibarra, el año de 1714. La copia de
su carta o memorial está autorizada por don Francisco
Castejón, secretario de Su Majestad en la Junta de guerra
del Perú, con fecha de 18 de mayo de 1716, para remitirla
al Presidente de Chile, de orden del Rey. Los más tienen
por falso lo que contiene dicho informe. No me empeño
en justificarlo; pero me inclino a que es cierto lo principal,
de haber tal ciudad de españoles, más hacia Buenos
Aires, o el estrecho de Magallanes, y lo fundo en las razones
siguientes. La primera es, que el autor, después de referir
al Rey su historia, asegurando que los Pegüenches lo cautivaron
en la campaña de Buenos Aires, yendo a una vaquería
con un don Francisco Ladrón de Guevara, a quien y a su
comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido
de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre
cristianos, y restituirse a su patria, dejando las delicias
del cacicazgo, fue también para informar de dicha ciudad
al Rey nuestro señor, lastimándose mucho de la
poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los tiempos
pasados los ministros, a quienes los reyes, sus antecesores,
le habían encargado.
Silvestre
Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque don Gaspar Izquierdo
afirma que lo conoció en Cádiz, en tiempo que
le comunicó en substancia lo mismo; y se lamentaba del
poco caso que se había hecho de materia tan importante.
Que el dicho Roxas, aunque fue pobre de Buenos Aires, con dinero
que heredó de un hijo suyo en Sevilla, había comprado
armas con que armar una compañía de soldados de
a caballo para el dicho descubrimiento, y las volvió
a vender. Que no era imaginario dicho informe, se deduce de
que su copia simple me la prestó en Chile don Nicolás
del Puerto, general que fue de Chiloé, quien me afirmó,
que, en virtud de este informe, se escribió a los Césares,
el año de 1719, por un señor oidor, de quien era
amanuense dicho don Nicolás, y por orden de aquella Real
Audiencia, una carta que un indio ofreció levar, y volver
con la respuesta. Esta carta yo la vi, cuando el tal indio estuvo
en esta ciudad de Buenos Aires a pedir a su Señoría
algún socorro de caballos, que no se les dieron, y solo
se le ofreció regañarle si conseguía carta
de los Césares, y la traía a su Señoría
antes de llevarla a Chile. Que el dicho indio fuese embustero,
es posible; pero don Nicolás del Puerto cree que lo mataron
los indios Puelches, u otros; porque en la entrada que se hizo
de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches, pareció
en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él
reconoció en Chiloé por ser de su letra. También
me informó dicho don Nicolás del Puerto, que en
ocasión de hallarse en Chiloé, y
en el estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra
adentro, sacando los españoles de un navío que
se le perdió, un indio de aquella tierra, a quien tomó
afición, le comunicó, con gran encargo del secreto,
que por esta parte de la Cordillera había un pueblo de
españoles; pero que los indios no querían que
se supiera, y que si sabían que él lo había
descubierto a algún español, lo matarían
sin duda.
Dicho
don Nicolás del Puerto me hizo relación de que
este indio aseguraban que aquel brazo de mar se juntaba a otro,
que cree ser el estrecho de Magallanes, por donde fácilmente
se podía navegar a dicho pueblo de españoles.bAñade
el mismo don Nicolás, que los vecinos de Chiloé
desean hacer el descubrimiento, sin embargo de lo necesario
que sería rodear en la Cordillera para hallar un camino;
pero que solo lo impide su mucha pobreza; y que le parece que
se empeñarían en 2 ó 3000 pesos, si se
les anticiparan para los avíos del viaje.
Las
tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí
dos hombres que salieron de dicho pueblo, a los 30 años
de fundado, acreditan que no es fábula, y se conforman
con el derrotero de Silvestre Antonio de Roxas. Porque dicen,
que habiéndose perdido el navío en la altura de
50 grados, salieron a tierra con lo que pudieron salvar y cargar;
y caminaron seis u ocho días al nordeste, hasta un paraje,
donde se asentaron y poblaron, por haber sujetado allí,
y rendídoseles más de tres mil indios con sus
familias.
Y
suponiéndose, por vía de argumento, que declinaron
uno y medio grados del polo, quedaron en 48½ de la equinoccial.
Buenos Aires está en 34 grados, 36' y 39", la diferencia
es 13 grados 53' y 21", que por ser el rumbo de nordeste
al sudoeste, con poca diferencia, viene como un tercio, y habría
de distancia 31 grados, leguas poco más o menos. Si se
atiende a las 43 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone
desde el Payén hasta los Césares, caminando de
norte a sur, con los 33 grados que refiere hay de Buenos Aires
al Payén, no se diferencia mucho de lo que tendrá
la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente:
porque lo demás que cae en las pampas, alejándose
del sud-oeste, que es como quien endereza al mismo estrecho,
queda del camino de dicho derrotero cerca de la mar, otro tanto
cuanto hay por el cabo de San Antonio en la boca del Río
de la Plata.
También
se ignora si después mudaron dichos dos hombres su población
más al nordeste, porque entonces quedarían más
cerca de Buenos Aires de lo que estaban al principio. También
se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro
de Payén, con el viaje que hizo al descubrimiento de
dicho cerro, el año de 1701, don Nicolás Francisco
de Reteña; siendo corregidor de Mendoza; que los que
fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos,
y otros en más; estando como está Mendoza al norte
de los Césares, distaré 250 leguas de ellos.
En
dicho año de 1701, entrando don Juan de Mayorga a recoger
ganado desde la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se
infiere llegaría hasta cerca de 100 leguas de los Césares.
Aseguran en Mendoza, que fue a buscarle un indio de aquellas
cercanías, trayéndole dos caballos ensillados
a la jineta, y dijo eran de dos caballeros que habían
salido de los Césares en busca de españoles, y
que los indios de la facción, de que era cacique, inadvertidamente
los habían muerto.
Fuera
de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros
indios, han llegado en varios tiempos a Buenos Aires, este año
de 1740, examinó con industria a un indio de los de la
Cordillera de Chile, llamado Francisco, a quien los indios,
que acá llamamos Césares, habían traído
muy muchacho por esclavo. Preguntándole si era de las
naciones Pegüenches o Puelches, o de qué nación;
contestó, que lo sacaron de su tierra tan niño,
que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, más
allá de los Pegüenches y Puelches, haciendo la seña,
como que es a la parte del sueste de los Puelches, y adentro
de la Cordillera, que mira a Chiloé, aunque no sabe dar
razón de dicho Chiloé. Pero, preguntado si cerca
de su tierra está la de los indios que llaman Césares,
respondió, que estaban cerca de allí; pero más
cerca de Buenos Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó
decir que cerca de los indios Césares había una
población de españoles; contestó, en propios
términos, que era cierto que había españoles,
pero que estaban más acá de los indios Césares,
hacia la mar, y que la gente de aquellos parajes, inmediatos
a los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles
de por acá. Añadió
dicho indio, que los indios de aquellas partes no quieren que
se oiga que hay tales españoles. Este indio lo
conocí mucho, por haberme servido en el viaje a Chile,
a fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo,
verídico en su proceder, y cuando diese tales respuestas
de invención suya, mal podría acaso acertar en
circunstancias concordantes con la relación del dicho
Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero,
que hubiese en su fantasía fabricado su relación
tan adecuada a las tradiciones y a la razón que da el
dicho indio Francisco. Se ha reparado en que Silvestre Antonio
de Roxas no expresa en su informe qué modo de cristiandad,
uso de sacramentos, y gobierno eclesiástico tienen los
españoles Césares, ni qué república
y leyes civiles observan; el vestuario y las armas que usan;
obrajes y otras circunstancias que calla; ni lo que discurren
de los otros españoles de estas partes, de que tal vez
tendrán noticias tan dudosas y confusas como nosotros
de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que
dicho Roxas entraría por algún acaso a la tierra
y ciudad de los Césares, como indio Pegüenche, disimulado
de los otros indios, y atendió solo a lo visible, sin
detenerse en tales particularidades; y por la relación
tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado
se redujo a informar a Su Majestad ser cierto que había
tal ciudad de los Césares españoles.
Muchos,
o los más creen imposible que sea cierta dicha relación,
arguyendo que de serio hubieran salido dichos Césares
en busca de otros españoles; pero se les responde que
no es de maravillar esta omisión en ellos, cuando la
nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar, sabiendo
que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre desde
el estrecho de Magallanes hasta la Bahía de San Julián,
en cuyo intermedio es preciso que estén, si
no es fabulosa su existencia: y que es de persuadirse que los
indios sus comarcanos les ponderarían que es imposible
llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles,
a abrir comunicaciones con los demás españoles
de estos reinos: porque la política de los indios, aunque
bárbaros, será engañarlos, para que no
haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran
las riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente,
solo por ocultarlas a los españoles: por conocer que
ni dominación, ni comercio han sido la epidemia de infinidad
de indios que habitaban antes las tierras, que al presente tienen
pobladas los españoles.
También
puede haber entre los tales Césares españoles
la política natural de no descubrirse a quienes los domine,
para que no alteren el modo de gobierno, y leyes municipales
entre sí acordadas, con que puede ser estén bien
hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, más
querrá carecer de las utilidades que les podía
proporcionar la sujeción al Rey de España, que
decaer de la autoridad, que pueden pensar establecida en su
descendencia. Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron
los pocos que empezaron a restaurar de los moros el reino de
Aragón, hayan dichos españoles Césares
fundado alguna, aunque muy pequeña monarquía,
con tales fueros y libertades de los súbditos, y limitaciones
de la soberanía, que aborrezcan absolutamente en común
la novedad del gobierno, y de las leyes a que no están
acostumbrados. Y suponiendo que aunque haya 350
leguas por mar de aquí al paraje que señala dicho
derrotero, se podría a poca costa descubrir con
un navío y una falúa en menos de tres meses de
ida y vuelta, y salir de tantas dudas, no deja de ser notable
el descuido que hay en esto: y aun cuando no fuese cierta la
noticia de dichos Césares, podrían a la venida
descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que
hay desde el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes,
y si los dos grandes ríos de las Barrancas y Tunuyán
son navegables tierra adentro, con otras circunstancias que
pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y seguridad
de esta parte de América: porque sin duda Su Majestad
enviaría providencias para asegurar que en ningún
tiempo cayesen en poder de extranjeros los puertos de San Julián,
y otros que se descubriesen, etcétera.
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1716 - Se abre el camino de Vuriloche
(actual Bariloche) entre Chiloé y la misión de
Nahuel Huapi
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Capítulo
de una carta, del padre Pedro Lozano al padre Juan de Alzola,
sobre los Césares, que dicen
están poblados en el estrecho de Magallanes
Bien
sé que en esta materia no faltan fundamentos que absolverían
mi juicio de la nota de temerario; pues aquí me ha dicho
el señor rector, que en su tiempo pasó por Córdoba
un flamenco que había salido de los Césares para
Chile, porque habiéndose perdido su navío, fue
a dar a aquella tierra, de donde lo llevó don José
Garro a Europa. Otros mozos se perdieron en la vaquería,
y fueron a dar a aquella laguna, en cuya orilla oyeron campanas.
El año de 1512, salieron, según creo, por la Concepción,
algunos de dichos Césares, de los cuales uno entró
en Chile en la Compañía; y aun en Chile parece
se ha tenido por muy cierto que hay dichos Césares; pues
aun el venerable padre Antonio Ruiz de Montoya, en un memorial
que presentó a Felipe IV, después de haber estado
cuatro años en Madrid, y en el que responde a nueve calumnias
contra esta provincia, rebatiendo la segunda, de que los padres
ponen mal a los españoles con los indios, en uno de los
párrafos en favor de los Padres, dice así: A los
Césares pretendieron conquistar los españoles.
Entraron con grandioso aparato por sus tierras; pero escarmentados
en los indios de Chile sus vecinos, no quisieron recibir el
yugo. Y no hubo allí religioso de la Compañía,
que les hablase mal e indujese a no recibir a los que pretendían
conquistarles. Tengo en mi poder dicho memorial, que es de 11
hojas de a folio. Y el año de 1673, entró desde
Chiloé el venerable padre Nicolás Mascardi, en
busca de ellos; pero le martirizaron en el camino, y un papel
que habrá 6 años me dio el padre Rillo, dice así:
«El año de 1711, por invierno, cuando está
cerrada la Cordillera, salió a la ciudad de Chiloé,
que cae de la otra parte de la Cordillera hacia el estrecho
de Magallanes, uno de los Césares españoles,
quien hizo relación de cómo en un ángulo
de la Cordillera, que cae de esta banda, están situadas
tres ciudades de españoles, de los navíos que
se perdieron en dicho estrecho de Magallanes, viniendo
a poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los
llaman Césares; (relación que dio un español
anticuado), las cuales tres ciudades quiso llamar a una, y la
más populosa, los Hoyos, la
otra el Muelle, y la tercera los Sauces.
Distan
según los cosmógrafos, y por relación del
dicho, 160 leguas de la ciudad de Mendoza, 140 de la de San
Juan Luis de Loyola, 190 de la de San Juan, 286 de Buenos Aires.
De Chillán ciudad de la otra
banda, de la Cordillera 130 leguas, y 10 de Calbuco, lugar de
los Aucaes Chilenos.
De
manera que dichos Césares, según esta nueva relación,
caen tierra adentro, en el centro de la serranía, distante
de la costa de Magallanes lo que dichas ciudades, de la provincia
de Cuyo, poco más o menos, según ellas distan
de la dicha costa.
Por
la parte del norte, donde está Mendoza, circunda a dichos
Césares una laguna de muchas leguas,
la que les sirve de fortificación y muro contra las invasiones
de los indios caribes, como son los Puelches, Muyuluques y otras
naciones. Con algunas tienen contratadas embarcaciones, cambiando
a los indios mieses, trigos, legumbres, y ropas, por vacas que
pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro metal que el
de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican
rejas de arado, cuchillos, ollas, etcétera.
Este
hombre César salió a una nación de indios,
que llaman, Cumas de Chiloé, y de allí lo dirigieron
a dicha ciudad. Salió a pie, que no usan caballos, como
las demás naciones de indios de aquellas serranías.
Entrose en la compañía de dichos, en la provincia
de Chile, y hoy es coadyutor. En este mismo año de 1711,
el General don Juan de Mayorga, vecino da Mendoza, sin tener
noticia de la salida de dicho César, por estar cerrada
la Cordillera, hizo y juntó gente en dichas tres ciudades
de la provincia de Cuyo, por mandado del Gobernador y Presidente
de Chile, don Juan Francisco Uztariz, y entró por el
mes de setiembre de dicho año a descubrir dichos Césares,
con una guía española, que los indios habían
cautivado en las vaquerías; y habiendo este tenido noticia
cierta de los Césares, por haberlos visto de lejos (aunque
no se comunicó con ellos, porque los indios lo impedían),
huido de su poder, dio esta noticia a dicho General Mayorga,
quien pidió licencia a su Presidente para esta entrada.
Y habiendo entrado, como llevo dicho, y dado la primera batalla
a los indios, en el camino (donde tomó 200 piezas de
las familias de los indios, mató hasta 30 indios guerreros,
y apresó algunos), se le amotinó la gente española,
diciendo, que los iba a entregar a la muerte, y hacerlos despojos
de los bárbaros, y con esto se volvió sin efecto.
Y habiendo dado tormento a un indio gandul de los apresados,
para que confesase lo que sabía de los Césares,
dijo, que sabía eran españoles, y que así
los llamaban ellos: y por ser de esta parcialidad, que los había
visto, y que siete caciques con siete parcialidades estaban
esperando a dicho General y su gente, más acá
de la sierra, para matarle con todos los suyos, debajo de palabra
de amistad. Hasta aquí dicho papel, que, como dije, me
dio el secretario Rillo, y que parece sea de letra del célebre
padre Lezana, Pero sea de quien se fuere, lo cierto es que,
aunque no tan menudo en lo que refiere, discrepa poco en la
substancia del de Villaruinas. Y que no se hayan hallado en
tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no los
hay, como no lo fuera de que no había Canarias, porque
no se hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni
que no había Indias, el no haberse descubierto hasta
los tiempos de Fernando el Católico; ni que no había
Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reinado de Felipe
II, y esto estando en el riñón de España.
Con todo eso yo no lo creo, y solo envié dicho papel,
como antes dije a, Vuestra Señoría Reverendísima,
para que se entretuviese en el viaje, para lo cual cualquier
patraña sirve pero esta no deja de tener su apariencia
de verdad. Pedro
Lozano.
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1718 - Nueva y definitiva destrucción de la misión
de Nahuel Huapi
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1740 - Un vecino de Chiloé se interna en la cordillera
en busca de la ciudad encantada, sin regresar ni encontrarse
rastros de él
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| 1746
- Padre Jose Cardiel. Carta
del Padre jesuita José Cardiel, escrita al Señor
Gobernador y Capitán General de Buenos Aires, sobre los
descubrimientos de las tierras patagónicas, en lo que toca
a los Césares (11 de agosto de 1746) |
| Señor
Gobernador y Capitán general.
Me
alegraré que Vuestra Señoría se halle con
la cabal salud que mi deseo le solicita para universal bien
de estas provincias. Estando en esta nuestra estancia de Areco,
retirado de la misión de españoles, que no pude
proseguir más que por 15 días, a causa de la defensa
o guerra contra los indios, he recibido respuesta de mi Provincial
a la carta que le escribí recién llegado del viaje
del mar, enviándole el diario del viaje, y pidiéndole
que informase al Consejo Real sobre el celoso y eficaz porte
de Vuestra Señoría acerca de dicho viaje. Contiene
la respuesta tres puntos: en el primero me dice estas formales
palabras: «Haré lo que dice el señor gobernador,
de escribir al Consejo, como Su Señoría lo merece,
por su celo y eficacia en servicio de Dios, y del Rey; que quizá
si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo
me alegrara mucho de poder servir a Vuestra Señoría
en cosas de mayor monta; pues además de otros títulos
milita en mí el de paisano». En el segundo me pide,
que ruegue a Vuestra Señoría me de una certificación
firmada de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el
viaje, porque así conviene. Ruego a Vuestra Señoría,
me haga este favor, como de su benevolencia lo espero: podrá
venir esta certificación con el que lleva esta carta,
enviándola para eso al Colegio. En
el tercero me dice, atendiendo a mis deseos, que «luego
que halle coyuntura emprenderá el viaje del Volcán,
que es sierra distante de Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste;
para ver si allí hay forma y paraje a propósito
para formar un pueblo de indios serranos, que los Padres del
de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí
a los célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho
de Magallanes. Porque habiéndose frustrado esta empresa
por mar, por lo inhabitable de sus costas, como hemos visto,
dice que no halla otro modo para esta tan famosa -12- misión,
por tantos años pretendida por el ánimo real,
y del nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo
por sus inmediaciones a los inmediatos». Larga
y tarda empresa, por cierto, si así se toma: más
pronta y eficaz la espero yo por la actividad, y celo cristiano
y real de Vuestra Señoría, especialmente si Vuestra
Señoría considera bien lo que aquí dice.
Sabido
es que el Papa, como vicario de Cristo en la tierra, entregó
al Rey Católico la América con sus islas, haciéndole
tutor de todos sus habitadores, para que como tal procurase
su reducción al cristianismo, con su poder, y con el
ejemplo de sus vasallos. Penetrado Su Majestad de esta obligación,
no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo posible en
cumplirla, ya despachando continuas cédulas a los virreyes
y gobernadores, exhortándoles a lo mismo, y prometiéndoles
favores a los que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya
premiando colmadamente a los que en este punto se han adelantado,
como se puede ver en las historias de este Nuevo Mundo; ya enviando
continuamente ministros evangélicos a su costa, y señalando
en casi todas las provincias buen número de soldados
que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues además
de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas
y Méjico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende
solamente desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene
pagados exclusivamente para este intento cuatrocientos soldados,
con sus cabos respectivos, y con sueldo mayor que el de Buenos
Aires: y en Buenos Aires tiene pagados para lo mismo cincuenta
con su capitán; especificando que hayan de ser para escolta
de los Padres jesuitas de la misión de Magallanes y Patagones,
que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de
todas estas provincias, son para solos los misioneros jesuitas,
y no de otra religión. Los cincuenta, de esta ciudad
de Buenos Aires los señaló Su Majestad desde el
año de 1684, de que no dejará de haber cédula
en ese archivo; y manda Su Majestad que vayan siempre a obediencia
de los misioneros. Así lo refiere don Francisco Xavier
Xarque, deán de Albarracín, en la historia que
escribió de los misioneros del Paraguay, y lo mismo
manda que se efectúe en las demás provincias.
Acerca
de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Majestad especial
empeño; pues habrá poco más de cuarenta
años, que envió una misión entera para
estas tierras, y en ella venían padres escogidos, de
tierras frías, para que mejor pudiesen aguantar los fríos
de hacia el Estrecho. Una Condesa se hizo protectora especial
de esta misión, dio varias alhajas para ella, que están
todavía depositadas; y el altar portátil, que
en este viaje marítimo hemos llevado, es uno de estos
dones. Comenzose a disponer el viaje, señaláronse
soldados, buscábanse víveres, y cuando no faltaba
más que caminar, lo deshizo todo el enemigo común,
por intereses particulares de algunos. No era vizcaíno
el Gobernador, ni tenía brios, eficacia, ni empeño,
de tal; que si los tuviera, poco hubiera podido Satanás.
Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos
del demonio, cayendo cada día al infierno. ¿Qué
corazón cristiano lo podría sufrir, y siendo próximos
nuestros redimidos con la sangre de un mismo Rey y señor?
Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser recoleto,
para mover a compasión a cualquiera, haciéndole
poner los medios posibles para ello; especialmente a los que
tienen autoridad y poder para hacerlo. Nuestros padres, así
de Chile, que es otra provincia, como de aquí, han empleado
varios arbitrios; pero como para ello es menester el brazo seglar,
y este ha faltado, también han faltado ellos. Acerca
de estas tierras hay más especiales motivos, que acerca
de otras, para procurar su conquista, así espiritual
como temporal: porque además de haber tierra adentro,
naciones de indios labradores, según se tiene noticia
de los de a caballo comarcanos, y también de a pie; estas
dos calidades de ser labradores, y de a pie, son, según
nos muestra la experiencia, más favorables para recibir
el Evangelio, que si fuesen de a caballo, o vagabundos sin sementeras,
que es casi imposible el convertirlos. Además de esto
digo, que hay graves fundamentos para creer que hay también
poblaciones de españoles, y quizás con algunas
minas de oro y plata, lo cual ha dado motivo a la decantada
ciudad de los Césares.
Los
fundamentos son estos:
1)
el suplemento a la historia de España por Mariana, y
los mapas modernos dicen, que el año
de 1523, entraron por el estrecho de Magallanes, cuatro navíos
españoles: los tres se perdieron en el Estrecho, y el
cuarto pasó a Lima.
2)
En 1526, fue la flota de Molucas: pereció en el Estrecho,
la capitana, y las demás pasaron a dichas islas.
3)
En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navíos, amotinose
allí el equipaje, y los hicieron naufragar.
4)
En 1539, entraron otros tres navíos: el primero naufragó,
el otro volvió de arribada, y el tercero pasó.
5)
Después, (no dicen en qué año) don Pedro
Sarmiento llegó al Estrecho con cuatro navíos
para poblar, y hacer escala de los demás, como ahora
pretendíamos nosotros. Antes del Estrecho, a la entrada,
formó una población con el nombre de Jesús;
y en ella dejó 150 hombres de guarnición.
Más adelante, en el centro del Estrecho, echó
los fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe.
Todos dicen que en varios parajes del Estrecho hay leña
y agua dulce, y por eso haría allí esas dos poblaciones;
las cuales cosas no se encontraron en las costas, antes del
Estrecho en los puertos que hay: que si se encontraron con pastosy
tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran sembrado los españoles.
Pobló,
pues, Sarmiento estos dos parajes, y a poco tiempo, por las
muchas calamidades, frío, hambre, y no venirle socorro,
se volvió, a España. Esto dice dicho suplemento
y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de toda esta
gente, que en tantos navíos se perdió? ¿Se
ahogó toda? No por cierto, porque el Estrecho es
muy angosto en partes: dicen aun los modernos que es de sola
media legua, y por esto es cosa fácil el salvarse los
naufragantes. Cuentan que de tres navíos, habiéndose
perdido los dos, y volviendo el uno, vio este a toda la gente
en la orilla; que aunque le pedían que los llevase, no
se atrevió a ello por falta de víveres y de buque,
y con toda la gente de los demás navíos perdidos
sucedería lo mismo. Presúmese, pues, que toda
esta gente habrá emparentado con los indios, y tendrán
sus poblaciones a trescientas o cuatrocientas leguas de aquí.
El
que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza;
pues las Batuecas, en medio de España tan poblada por
todas partes, estuvo tantos centenares de años, o sin
descubrirse o con muy poca o dudosa noticia de que hubiese tal
gente. Y pocos años ha, en medio del reino de Méjico,
mucho más poblado de cristianos que estas partes, se
descubrió una nación hasta política, de
quien existían varias dudas de si la habría o
no. Y más arriba de la Nueva Vizcaya y del Nuevo Méjico,
en donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza,
de quien se decían tantas o más ponderaciones
que las que se hacen de los Césares, y a cuya empresa
o conquista fueron tropas españolas, y se volvían
cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad
que dicen luego para cohonestar su falta de empeño y
constancia), se descubrió la nación de los Pitos,
gente efectiva, que vive en ciudades con edificios altos de
suelos, y este es el encanto. Con que habiendo aquí más
dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta
ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que
dicen algunos, que si hubiera tales Césares o poblaciones,
era imposible que alguno de ellos no hubiera venido acá:
porque si ninguno de estas partes ha penetrado más que
doscientas leguas de aquí hasta el río del Sauce,
por las dificultades que se han ofrecido ¿qué
extraño es que ellos, teniendo menos medios, y quizás
sin caballos, no hayan podido penetrar hasta nosotros?
Pero
vamos adelante, mostrando más fundamentos. En la vida
del santo padre Nicolás Mascardi se dice, que siendo
rector del Colegio de Chiloé, ahora 60 ó 70 años,
viendo que en el archivo de una ciudad de Chile había
una relación de dos españoles, en que decían
que habían salido huyendo del Estrecho por un homicidio
que había sucedido en una población de españoles
que en dicho paraje había, formada de la gente que se
perdió en un navío que naufragó, y cotejando
con esta relación las noticias que daban los indios,
se determinó a ir en busca de ellos. Encontró
en el camino una nación de indios, harto dócil,
que le pidió el bautismo. Pasó hacia el oriente.
Salió al camino un cacique, que le dio una ropilla de
grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales labores
en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas
de aquí (así cuentan las jornadas), hay una ciudad
de españoles. Yo soy amigo de los de esta ciudad. Por
la voz que corre de indios a indios, han sabido, que un sacerdote
de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho que
vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado
estas señas. El padre no pudo penetrar allá, ni
ellos pudieron juntarse con el padre por los indios enemigos.
Envió dichas señas a Chile, y allí conocieron
el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo
del capitán tal (que no me acuerdo del nombre), que años
había se había perdido con su navío en
el Estrecho.
Pasó
adelante, donde le dijeron otros indios, que
de otra ciudad habían salido en su busca dos
españoles vestidos de blanco, que era el traje
que allí todos usaban; y que llegando a una gran laguna,
no pudieron pasar, y se volvieron.
Tampoco pudo penetrar acá el padre. Dijéronle
que más adelante había un muchacho, que había
estado algún tiempo en una de esas ciudades, y que sabía
la lengua de los cristianos: llegó allá el padre,
dio con el muchacho, y vio que sabía español,
aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta ciudad,
y otros indios más bárbaros lo mataron: aunque
otros dicen que los mismos que lo guiaban por codicia de los
abalorios que llevaba para ganar la voluntad de los que encontraba.
Eran su escolta y su guía unos pobres indios traidores,
como lo son de genio. Después de la muerte de este padre,
por las noticias que de él se adquirieron, resultó
el venir la misión de que hablo arriba.
Hay
más: un cristiano español o mixto, hizo una relación,
que anda por Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole
cautivo, o de otra forma, llegó a una de estas ciudades,
de que cuenta grandezas, y que en cierto paraje antes de llegar,
había un cerro de diamantes, y otro en otro paraje de
oro. Un corregidor del Perú, llamado Quirós o
Quiroga, cuenta en suma en su relación, que siendo de
diez años, estando en Amberes, se
embarcó en un navío, y que caminando por las costas
de Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose
con la lancha por un riacho, saltando a tierra, dieron con él,
el piloto, y todos los de la lancha, unos hombres que los llevaron
por tierra, y que llegaron a una gran laguna; que allí
los metieron en una embarcación, y aportaron a una isla
en medio de ella, en donde había una gran ciudad e iglesia,
donde estuvieron tres días; que no entendían la
lengua; y que al partir les dieron dos cajoncitos de perlas,
que se cogían en aquella laguna.
Que por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron
que les decían que era para ellos: que el piloto como
hereje se las llevó para sí; que cresciendo, y
siendo ya mozo, dio cuenta de todo al consejo, prometiendo señalar
la costa del riacho, por donde entraron; que le señalaron
cuatro navíos; y que suscitándose en este tiempo
la guerra del Emperador y Felipe V, se deshizo el viaje, por
lo cual pretendió un corregimiento, que consiguió
en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su relación;
y se asegura que murió poco ha.
Añadese
a esto lo que cuenta una cautiva, que llevada a muy distantes
tierras, hacia el sud-oeste, encontró unas casas, y en
ellas gente blanca y rubia; y que
estando ella muy alegre, juzgando ser gente española,
se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendía
palabra.
Además de esto los indios están continuamente
diciendo, que hay tales poblaciones, y muchos de ellos convienen
en que, en medio de una gran laguna hay una gran isla, y en
ella desde la orilla se ve una gran población, en
la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan ser
iglesia; y que otra pequeña está siempre echando
humo, y que desde la orilla se oyen tocar campanas: y dicen
que desde el volcán (de que hablé arriba) a
donde dice, mi Provincial «que yo vaya» hay solamente
seis días de camino, al andar de ellos, que es ligero.
Estos y otros fundamentos hay para creer que haya dichas
poblaciones en este vasto espacio de 400 leguas. Creo que
estas noticias están mezcladas con muchas fabulas, más
habiéndose perdido tantos navíos, no puede menos
de haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues
que no hay mentira que no sea hija de algo. Lo
de no entenderse la lengua es muy factible; siendo aquella población
del español corregidor, y la otra de la cautiva, de gente
holandesa, o inglesa; que también dicen que se han perdido
en el Estrecho navíos holandeses.
La
historia de Chile por el padre Ovalle trae algunos naufragios
de ellos; y también puede ser que algunos españoles
con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española,
usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes
se casaron los primeros. ¿Cuántos hay en el Paraguay,
que no saben la lengua española? ¿Y si se conservaran
los primeros españoles que se casaron con las indias,
sin que ningún europeo fuera allá, no se usara,
ni se sabría ya otra lengua que la del indio, y aun con
tanta mezcla de europeos, que cada día van allá,
la lengua que comúnmente se usa es la de los indios Guaranís,
como en Vizcaya la vascongada? ¡Oh cuánto me alegrara
que Vuestra Señoría, sin hacer caso de algunos
que quieren pasar por críticos y discretos, haciéndose
incrédulos a todo, pusiese todo empeño en averiguar
ese punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han
podido! ¡Cuán de veras le serviría yo a
Vuestra Señoría en cosa que puede ser de tanto
servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos
españoles, estos, sin sacerdotes tantos años,
estarán con muchos errores en la fe y las costumbres,
como el pueblo de las 400 casas, que dice el clérigo
agradecido Ordóñez, que encontró hacia
Filipinas, de un navío que había naufragado 70
años antes, que tenían su cabildo e iglesia, a
donde iban a rezar todos los días de fiesta en lugar
de misa por no tener sacerdotes. Pero cada uno estaba casado
con tres o cuatro indias, diciendo que para multiplicarse,
y poderse así defender de los indios enemigos les era
aquello lícito (¡qué de teólogos
hace la depravada naturaleza!), y tenían otros varios
errores. Sin hablar de la docilidad de los indios para el cristianismo,
que en tanta variedad de naciones se puede encontrar.
Este
descubrimiento se podrá hacer con 300 paisanos de está
gente estanciera, sin gastos reales; llevando cada uno 5 ó
6 caballos, y otras tantas vacas, pues esta gente no gasta pan
ni bizcocho. Con caballos y vacas todo tienen, y con solo darles
pólvora y bala, de 6 a 7 libras de cada cosa, (pues muchos
usan lanza) estaba hecho el gasto. Porque hacha, barretas, azadas,
palas para hacer pozos a falta de agua, empalizadas para defensa
de enemigos, etcétera, todos llevarían de sus
casas, y cueros para pasar ríos. Si yo, que soy conocido
por estas partes, viniera a cada partido, y juntándome
cada sargento mayor su gente, les hiciera una exhortación,
animándolos a la empresa, poniéndoles delante
los grandes bienes que de ella se seguirían al servicio
de Dios, del Rey, y aun el suyo propio, por lo que se podría
hallar de preciosidades a trueque de cuentas de vidrio y otros
abalorios, como las lograron los que descubrieron a Méjico
y al Perú, y en caso de no hallarse esto, que los tendría
Vuestra Señoría muy en la memoria para sus aumentos;
y más si con esto se les leyese un papel en que Vuestra
Señoría les hiciese estas debidas promesas: si
esto se hiciese, es factible, que sin más aparato ni
gastos, se conseguiría el intento. El
viaje debería hacerse por setiembre, porque de aquí
hasta el río del Sauce, por el verano, suele haber falta
de agua, y aun de pastos. Desde ahí hasta el Estrecho,
dicen los indios que en todas partes hay agua y pastos. Habría
de durar seis a ocho meses, si se registrara bien todo: y para
tantos meses eran menester cinco reses para cada uno, y con
cabos que fuesen de empeño (que si no son
escogidos, luego se cansarían), todo se conseguiría,
y Vuestra Señoría, además del premio que
se le guardaría para la otra vida, lo tendría
grande del Rey nuestro señor. Nosotros acá no
buscamos sino la honra y servicio de Dios, de aquel gran Señor,
a quien no correspondemos, sino haciendo mucho por Su Majestad,
y con solo su honra y gloria estamos contentos. Si
a Vuestra Señoría no le agrada este proyecto,
o si no tuviere efecto el juntar la gente de este modo, puede
Vuestra Señoría discurrir otro con gastos reales,
o costa de particulares, que quieran entrar en la empresa. En
todo estoy a las órdenes de Vuestra Señoría,
que Dios guarde los años de mi deseo. Estancia de Areco,
y agosto 11 de 1746. Besa
la mano de Vuestra Señoría su más afecto
servidor y capellán.
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1763 - Expedición de los jesuitas José García
y Juan Vicuña a las costas de Aysén
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1765 - Los ingleses fundan el establecimiento militar de Port
Egmont en las islas Malvinas
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1766 - 1767 - Expedición del jesuita José García
al archipiélago del Guayaneco
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1767 - 1770. Nuevas expediciones a los archipiélagos
australes, esta vez dirigidas por Cosme Ugarte y Francisco Machado,
respectivamente
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1774 - Se publica la obra del jesuita Thomas Falkner, A description
of Patagonia and the adjoining parts of South America
,
la que causa alarma en la corona española
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| Derrotero
desde la ciudad de Buenos Aires hasta la de los Césares,
que por otro nombre llaman la Ciudad Encantada, por el P. Tomás
Falkner, jesuita (1760)
1)
Llegando a la ciudad de la Santísima Trinidad, puerto
de Santa María de Buenos Aires, y provincia del Río
de la Plata, se saldrá de ella, y se caminará
por el camino abierto que hay de las carretas, que es el que
trajinan los de Buenos Aires a la sierra del Tandil. Hay
de esta sierra en adelante indios que llaman Pampas: es un gentío
que corre todas las campañas, los cuales suelen hacer
algunas hostilidades en las gentes que salen a los campos a
vaquear, y hacer faenas de sebo y grasa.
2)
Distante de esta sierra, como cosa de 80 leguas, tirando para
el poniente, se hallará otra sierra que llaman Guaminí,
que está por
un lado distante del mar cosa de dos leguas: tiene esta
sierra por la parte del norte una laguna de aguas permanentes
muy grande, llamada Guaminí, de donde toma el nombre
la misma sierra. En esta laguna se suelen juntar
hasta seiscientos, y ochocientos indios Pampas, de diferentes
naciones, y solamente en el tiempo de cosecha de la algarroba,
para hacer sus paces unos con otros, poniendo sus ranchos al
rededor de la laguna, para entrar con tiempo al monte, que dista
de allí como cosa de cuatro leguas poco más; en
cuyo monte hay mucha cantidad de algarroba, de donde se proveen
para su mantenimiento, y para hacer la chicha para todo el año,
que es la bebida usual que ellos estilan.
3)
Desde esta laguna hasta pasar a la otra parte del monte, hay
de travesía, por una parte,
setenta leguas, en parte más, y en parte menos:
con la advertencia de que en medio de este monte habitan otros
indios llamados Mayuluches, y serán como cuatro o cinco
mil por todos; los cuales salen a correr las campanas por la
parte del poniente; y es gente muy belicosa, doméstica
y amigos de los españoles.
4)
Saliendo de este monte, tirando siempre hacia el poniente, se
pasa por unas campañas dilatadas, cuya
travesía es de treinta leguas, sin que se
halle una gota de agua, por ser la tierra muy arenosa y estéril
de todo pasto, donde apenas se encuentra tal cual árbol.
Pasada dicha travesía, se halla
un río muy grande y hondo, que sale de la Cordillera
grande de Chile, y va dando vueltas, atravesando dichas campañas.
Este río es profundo, y lleno de barrancas muy ásperas
en algunas partes, y por esta causa tiene sus pasos señalados,
por donde se pueda vadear: que por eso es llamado río
de las Barrancas.
5)
Pasado este río, prosiguiendo por las dichas campanas
estériles, siempre siguiendo el mismo rumbo, se
encuentra otro río llamado Tunuyán, distante uno
de otro cincuenta leguas por algunas partes. Entre
estos dos ríos habitan otros indios llamados Picunches;
son en gran número, los más bravos que hay en
todas las campañas, y no se extienden a más que
entre los dos ríos.
6)
Saliendo de este río, y siguiendo siempre el rumbo del
poniente, se entra por una campaña llena de médanos
muy fragosos y ásperos, tierra muy seca y estéril.
Caminando por entre los médanos,
como cosa de treinta leguas, se descubre, mirando al poniente,
un cerro grande nevado, muy alto, en forma de columna, llamado
el cerro de Payén. En dicho cerro están
los indios Chiquillanes; que son muy domésticos y familiares
con los españoles, y llegarán al número
de dos o tres mil indios. Tiene este cerro grande muchos cerros
colorados al rededor, los cuales son todos de metales de oro
muy rico, y al pie de este cerro grande, hay otro pequeño,
que es de azogue, el cual se presenta como de un cristal muy
fino.
7)
Desde este cerro grande se dirige el rumbo al sur,
y a cosa de cinco leguas se encuentra un río, llamado
el río Diamante; dicho así porque nace
de un cerro negro, pasado de plata; y con muchos diamantes.
Más adelante de este cerro negro, como
cosa de cinco leguas, se encuentra otro río, llamado
de San Pedro. Entre estos dos ríos, esto es,
entre el Diamante y el de San Pedro, habitan unos indios llamados
Diamantinos, gente de que los más de ellos son cristianos,
que se huyeron de los pueblos españoles, por las violencias
de los encomenderos. Son estos indios muy labradores, y serán
en número de 400. Este río de San Pedro es muy
temido de toda clase de indios, por lo fragoso que es, y porque
solo tiene unos pocos pasos, por cuanto lo más del año
está crecido.
8)
Prosiguiendo siempre el mismo rumbo hacia el sur,
a distancia de cuatro leguas, se encuentra otro riachuelo, que
llaman Estero: llámase también el riachuelo de
los Ciegos, por haber habitado allí en antiguos
unos indios que se cegaron de resultas de un temporal: grande
que huyo de nieve. En este riachuelo o estero habita una multitud
de indios, que llaman Pegüenches, cuyas armas son lanzas
y alfanjes, que usan también todos los demás.
Estos indios Pegüenches corren hasta la Cordillera Nevada,
por la parte del poniente, y por la parte del sur comercian
con los Césares o españoles.
9)
Caminando siempre por el mismo rumbo, cosa
de treinta leguas más o menos, se encuentran otros
indios, llamados Puelches. Estos indios son muy altos y corpulentos,
y tienen los ojos muy pequeños: son tan pocos, que no
llegan a seiscientos, y son también muy parciales y amigos
de los españoles, con quienes desean tener siempre trato.
Esta gente está a la boca de un valle muy grande, de
donde sale un río muy caudaloso, llamado el río
Hondo, el cual es criadero. Dicho río Hondo nace
de la falda de unos cerros colorados muy ricos, pasados de oro,
y mucho cobre campanil, que es la madre de dicho oro en grano.
Estos indios tienen su cura o párroco; el cual depende
del Obispo de Chile, siendo los más de ellos cristianos.
10)
Prosiguiendo siempre al propio rumbo del sur, se encuentra,
como a distancia de tres leguas, otro
río que llaman el río del Azufre, por
tenerlo en abundancia; y este río, nace de la raíz
de un volcán. Caminando el mismo rumbo, como cosa de
treinta leguas o algo más, se encuentra otro río
grande, muy ancho, y muy apacible en sus corrientes; este río
nace en la Cordillera de un valle grande espacioso, y muy alegre,
en donde están y habitan los indios Césares.
Es una gente muy crecida y agigantada, tanto, que por el tamaño
del cuerpo no pueden andar a caballo sino a pie. Estos indios
son los verdaderos Césares; que los que vulgarmente
llaman así, no son sino españoles, que anduvieron
perdidos en aquella costa, y que habitan junto al río
que sale del valle, en las inmediaciones de los indios Césares;
y por la cercanía que tienen a esta nación, les
dan vulgarmente el mismo nombre, no porque en la realidad lo
sean. Estos indios Césares es gente mansa y apacible:
las armas que usan son flechas grandes, o arpones, con que se
guarecen y matan la caza, que son los guanacos que hay abundantes
en aquellas tierras. También usan estos indios de la
honda con que tiran una piedra con gran violencia; y estos indios
son los que trabajan en los metales de plomo romo, y lo funden
a fuego; y el modo que tienen de fundir así los metales
como el plomo, es diferente del nuestro, porque nosotros los
españoles lo fundimos en hornillos, y ellos lo funden
en otra fábrica que llaman guayras.
En
el dicho valle grande y espacioso, donde habitan estos indios
Césares, hay un cerro grande muy alto y derecho,
y al pie de este cerro, se encuentra un cerrillo negro muy relumbrante,
que parece tener metal de plata, y es de piedra imán,
muy fina, y hay piedras del tamaño de tres cuartas; y
si se buscase, se hallarían más grandes; que es
cosa de admiración. Estos indios no trabajan sino en
este metal, por ser suave y blando, y no explotan los otros
metales ricos de plata: lo uno, porque no los saben fabricar,
y lo otro porque no hay azogue, y por esta causa no hacen aprecio
de metales más ricos, aunque hay muchísimos.
11)
Saliendo de adentro del dicho valle, por la orilla del río
grande, como cosa de o leguas abajo, se halla el paso,
o portezuela por donde llegan los españoles que habitan
de la otra parte del río, con sus embarcaciones pequeñas,
que no tienen otras; y como cosa de tres leguas más abajo,
se halla el paso por donde vadean los de a caballo, por el tiempo
de cuaresma, como tengo referido, por estar lo más del
año muy crecido el dicho río.
Descripción
de la ciudad de los españoles
Esta
ciudad, que llaman la Ciudad Encantada, está en la otra
parte de dicho río grande que he referido, poblada en
un llano, y fabricada más a lo largo que en cuadro, casi
en la misma planta que la de Buenos Aires. Tiene esta ciudad
muy hermosos edificios de templos, y casas de piedra labrada,
y bien tejadas al uso de nuestra España. En las más
de ellas tienen los españoles indios cristianos para
la asistencia de sus casas y haciendas, a quienes los propios
españoles, con su educación han reducido a nuestra
Santa Fe Católica. Tiene dicha ciudad, por la parte
del poniente y del norte, la Cordillera Nevada, en la cual
han abierto dichos españoles muchísimos minerales
de oro y de cobre, y están continuamente explotando dichos
metales. También
tiene esta ciudad, por la parte del sur hasta el oriente,
dilatadas campañas, donde tienen los vecinos y habitadores
sus estancias de ganados mayores y menores, que son muchísimos;
y para su recreo, con mucha abundancia de todo género
de granos y hortaliza: adornadas dichas heredades, con sus alamedas
de diferentes árboles frutales, que cada una de ellas
es un paraíso. Solo carecen de viñas y olivares,
por no tener sarmiento para plantarlos. También
tienen por la parte del sur los habitadores de esta ciudad,
cosa de dos leguas poco más, la mar vecina, de donde
se proveen de rico pescado y marisco para el mantenimiento de
todo el invierno. Y finalmente, por no ser molesto en esta descripción,
digo que es el mejor temperamento, y más benévolo
que se halla en toda la América, porque parece un segundo
paraíso terrenal, según la abundancia de sus arboledas,
ya de cipreses, cedros, pinos de dos géneros; ya de naranjos,
robles y palmas, y abundancia de diferentes frutas muy sabrosas;
y es tierra tan sana que la gente muere de puro vieja, y no
de enfermedades, porque el clima de aquella tierra no consiente
achaque ninguno, por ser la tierra muy fresca, por la vecindad
que tiene de las sierras nevadas. Solo falta gente española
para poblarla, y desentrañar tanta riqueza, que está
oculta en aquel país; por lo que ninguno se admire de
cuantos a sus manos llegase este manifiesto, porque todo lo
que aquí va referido, no es ponderación, ni
exageración alguna, sino la pura verdad de lo que hay
y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por
mis manos. Tiene de jurisdicción dicha ciudad 260 leguas,
más que menos, etcétera.
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1774 - El capitán Ignacio Pinuer informa de la existencia
de la Ciudad de los Césares, esta vez en la creencia
que está habitada por los descendientes de los habitantes
de Osorno que escaparon tras la destrucción de la ciudad
- Césares de Chile
|
| Relación
de las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de españoles,
que hay entre los indios, al sud de Valdivia, e incógnita
hasta el presente, por el capitán D. Ignacio Pinuer (1774)
1)
Habiendo, desde mis primeros años, girado el poco comercio
que ofrecen los indios comarcanos, y las jurisdicciones de esta
plaza, me fui internando, y haciendo capaz de los caminos y
territorios de los indios, y especialmente de sus exactos, como
es constante a todos los de esta plaza. Con este motivo tenía
con ellos conversaciones públicas y secretas, confiándome
sus más recónditos secretos, y contándome
sus más antiguos monumentos y hechos inmemoriales. Mas
entre las varias cosas ocultas que me fiaban, procuré
adquirir noticias, que ya, como sueño o imaginadas, oía
en esta entre mis mayores; y haciéndome como que de cierto
lo sabía, procuraba introducirme en todas, para lograr
lo que deseaba. Tuve la suerte muchas ocasiones, que los sujetos
de mayor suposición entre ellos, me revelasen un punto
tan guardado y encargado de todos sus ascendientes; porque aseguraban
que de él pendía la conservación de su
libertad. Esta
es la existencia de una ciudad grande de españoles: mas
no satisfecho con solo lo que estos me decían, seguía
el empeño de indagar la verdad. Para ello cotejaba el
dicho de los unos con los informes de los otros, y hallándolos
iguales, se me aumentaba el deseo de saber a punto fijo el estado
de aquella ciudad o reino (como ellos lo nombran), y tomé
el medio de contarles lo mismo que ellos sabían, fingiéndoles
que aquellas noticias las tenía yo y todos los españoles
por la ciudad de Buenos Aires, comunicadas por los indios Pampas,
picados de haber tenido una sangrienta guerra con los mismos
Guilliches. Pero que los de Valdivia nos desentendíamos
de ellas, temiendo que el Rey intentase sacar aquellos rebeldes,
en cuyo caso experimentaríamos las incomodidades que
acarrea una guerra. Con oír estas y otras expresiones,
ya me aseguraban la existencia
de los Aucahuincas (así los nominan), el modo
y trato de ellos: bien que siempre les causaba novedad, como
los Pegüenches, siendo tan acérrimos enemigos de
los españoles, diesen una noticia tan encargada entre
ellos para el sigilo; y esto dorado con algunas razones, producidas
en lo inculto de sus ingenios: a lo que regularmente les contestaba
que de un enemigo vil mayores cosas se podían esperar,
aunque no era de las menores el tratarlos de traidores, y de
que como ladrones tenían sitiados y ocultos hasta entonces
aquellos españoles, privando a su Rey de aquel vasto
dominio. Este es el arte con que los he desentrañado,
y asegurándome de las exquisitas noticias que pueden
desearse para la mayor empresa, sin que por medio de gratificación,
ni embriaguez, ya medio rematados, ni otro alguno, jamás
lograse de ellos cosa a mi intento, antes sí una gran
cautela en todas las conferencias que sobre el particular tenía
con ellos, cuidaba de encargarles el secreto que les convenía
guardar, pues sus antepasados, como hombres de experiencia y
capacidad, sabían bien los motivos de conservarlo. Y
si sucedía, como acaeció muchas veces, llevar
en mi compañía alguno o algunos españoles,
me separaba de ellos para hablar de estos asuntos, procurando
salir al campo, o a un rincón de la casa con el indio,
a quien le prevenía que callase, si llegaba algún
compañero mío, pues no convenía fiar a
todos aquel asunto, porque como no eran prácticos en
los ritos de la tierra, saldrían hablando y alborotando.
Este régimen, y la cautela de no mostrar deseos de saber,
sino solo hablar como por pasatiempo de lo que ambos sabíamos,
he usado con los indios sobre treinta años, teniendo
la ventaja de hablar su natural lengua, por cuyo motivo ejerzo
hoy por este gobierno (después de otros empleos militares),
el de lengua general de esta plaza, en donde a todos les consta
la estimación que hacen de mí aquellos naturales.
Así adquirí las evidentes noticias que expongo
al Monarca, o a quien hace su inmediata persona, diciendo:
2)
Que en aquel general alzamiento, en que fueron (según
antiguas noticias) perdidas o desoladas siete ciudades, la de
Osorno, una de las más principales y famosas de aquellos
tiempos, no fue jamás rendida por los indios; porque
aunque es cierto, que la noche en que fueron atacadas todas,
según estaba dispuesto, le acometieron innumerables indios
con ferocidad, hallaron mucha resistencia en aquellos valerosos
españoles, que llevaron el premio de su atrevida osadía,
quedando bastantes muertos en el ataque, con poca pérdida
de los nuestros. Pero sin embargo determinaron los indios sitiar
la ciudad, robando cuanto ganado había en los contornos
de ella, y frecuentando, sus asaltos, en los que siempre quedaron
con la peor parte. Pero, pasados seis o más meses, consiguieron
por medio de la hambre ponerlos en la última necesidad;
tanto que por no rendirse, llegaron a comerse unos a otros;
y noticiosos los indios de este aprieto, los contemplaron caídos
de ánimo, por lo que resolvieron atacarlos con la ayuda
de los que acababan de llegar victoriosos de esta plaza; y en
efecto hicieron el último esfuerzo, envistiéndola
con tanta fiereza que fue asombro. Pero el valor de los españoles,
con el auxilio de Dios, logró vencerlos, matando cuantos
osaron subir por los muros, donde pelearon las mujeres con igual
nobleza de ánimo que los hombres; y aunque vencidos los
indios, siempre permanecieron a la vista de la ciudad, juzgando
que precisamente los había de rendir el hambre, como
tan cruel enemigo. Pero los españoles, cada, vez con
más espíritu, se abastecieron de cadáveres
de indios, y reforzados con aquella carne humana, y desesperados
ya de otro recurso, determinaron abandonar la ciudad, y ganar
una península fuerte por naturaleza que distaba pocas
leguas al sur, (cuyo número fijo no he podido averiguar,
pero sé que son pocas) en donde tenían sus haciendas
varias personas de la misma Osorno, de muchas vacas, carneros,
granos, etcétera. Salieron con sus familias, y lo más
precioso que pudieron cargar; con las armas en las manos marcharon,
defendiéndose de sus enemigos, y sin mayor daño
llegaron a la península, la que procuraron reforzarla,
y después de algunos días de descanso, hicieron
una salida, y vengaron en los enemigos su agravio, pues dejaron
el campo cubierto de cadáveres, volviendo a la isla no
solo con porción de ganado, sino con cuanto los indios
poseían, y continuaron fortaleciéndola. Consta
la magnitud de esta península, según la explicación
de los indios, como de treinta leguas de longitud y seis a ocho
de latitud. Su situación está en una hermosa laguna,
que tiene su principio del volcán de Osorno, y a quien
igualmente da agua otro volcán, que llaman de Guanequé;
pues aunque este está distante del otro, por el pie de
la Cordillera se desata en un río pequeño que
camina hacia el sur, y se incorpora en esta laguna, con cuyo
socorro se hace formidable. Ella está al pie de la Cordillera,
y dista del volcán de Osorno siete a ocho leguas poco
más o menos; y es madre del Río Bueno.
Es tan grande, que ninguno de los indios da noticia de su término;
es profunda, y muy abundante de peces: en ella tienen los españoles
muchas canoas para el ejercicio de la pesca, y para la comunicación
de tres islas más pequeñas, que hay en medio de
dicha laguna o mar, como los indios le llaman. Esta no abraza
el contorno de la isla, si solo la mayor parte de ella, sirviéndole
de total muro, un lodazal tan grande y profundo, de tal manera
que un perro (como los indios se explican) que intenta pasarlo,
no es capaz de desprenderse de él. Tampoco este lodazal
hace total círculo a la isla; pues por el principal extremo,
que es al norte, hay de tierra firme entre la laguna y el pantano
hasta veinte y más cuadras (según dicen los indios),
y es la entrada de esta grande población o ciudad, siendo
la parte por donde se halla fortificado de un profundo foso
de agua, y de un antemural revellín; y últimamente
de una muralla de piedra, pero baja. El foso tiene puente
levadizo entre uno y otro muro: grandes y fuertes puertas; y
un baluarte, en donde centinela los soldados. Según los
indios, el puente se levanta todas las noches. Las
armas que usan son, lanzas, espadas y puñales, pero no
he podido averiguar si son de fierro. Para defensa de la ciudad
tienen artillería, lo que se sabe fijamente, porque a
tiempos del año la disparan: no tienen fusiles, para
su personal defensa usan coletos. También usan otras
armas, que los indios llaman laques, y son dos piedras amarradas
cada una en el extremo de un látigo, en cuyo manejo
son diestrísimos, y por esto muy temidos de los indios.
La
forma o construcción que tiene la ciudad no he podido
indagarlo, porque dicen los indios, que nunca les permiten entrar,
pero que las más de las casas son de pared y teja, las
que se ven de afuera por su magnitud y grandeza. Ignoro igualmente
el comercio interior, y si usan de moneda o no; pero para el
menaje y adorno de sus casas, acostumbraban pinta labrada en
abundancia. No tienen añil, ni abalorios, por cuyo motivo
dicen los indios que son pobres. Hacen también el comercio
de ganados de que tienen grandísimas tropas fuera de
la isla, al cuidado de mayordomos, y aun de los mismos indios.
Ponderando estos la grandeza de que usan, dicen que solo se
sientan en sus casas en asientos de oro y plata (expresión
de los españoles que salen fuera). También han
tenido comercio de sal, esto es, hasta ahora poco la han comprado
a los Pegüenches, que por aquella parte a menudo pasan
la Cordillera, y son muy amigos de estos; como así mismo
lo han tenido con los indios nuestros, que llamamos Guilliches,
pero ya les ha dado Dios con abundancia un cerro, y proveen
a sus indios comarcanos. Según
exponen los indios, usan sombrera, chupa larga, camisa, calzones
bombachos, y zapatos muy grandes. Los que andan entre los indios
regularmente están vestidos de coletos, y siempre traen
armas. Los indios no saben si usan capa, porque solo los ven
fuera del muro a caballo; se visten de varios colores; son blancos,
barba cerrada, y por lo común de estatura más
que regular. Por
lo que respecta al número de ellos claro está
es muy difícil saberlo, aun estando dentro de la ciudad:
no por eso dejé de preguntar repetidas veces a varios
indios, los que respondieron, considerase si serían muchos,
cuando eran inmortales, pues en aquella tierra no morían
los españoles.
Con
este motivo me informaron de que no cabiendo ya en la isla el
mucho gentío, se habían pasado muchas familias,
de algunos años a esta parte, al otro lado de la laguna,
esto es, al este, donde han formado otra nueva ciudad. Está
a las orillas de la misma laguna, frente de la capital; sírvele
de muro por un lado la laguna, y por el otro está rodeada
de un gran foso, ignoro si es de agua, con su revellín,
y puerta fuerte, y puente levadizo como la otra. La comunicación
de las dos está por mar, por lo que tienen abundancia
de embarcaciones. También tienen artillería, y
el que en esta manda, está sujeto al rey de la capital.
Nada puedo decir con respecto al orden interior de gobierno
de aquel rey de la capital; pero sé por varias expresiones
de los indios, que es muy tirano: lo que confirma la noticia
siguiente.
Habiendo
salido de Chiloé un chilote en el mes de octubre de 1773
(no sé con qué destino) llegó a avistar
la principal ciudad de aquellas españoles, pasando por
medio de los indios, suplicándoles tuviesen caridad de
él, pues se veía allí sin saber a donde.
Al llegar la noche tocó las puertas de la ciudad (siempre
las tienen cerradas) asomose un soldado, y haciéndole
las regulares preguntas, de quién vive, etcétera,
respondió era chilote, y que allí había
llegado perdido, y que se hallaba sin saber qué tierra
era aquella. A lo que en lengua de indio respondió el
soldado, se admiraba de que los indios le hubiesen dejado pasar
vivo, pero ya que logró esa dicha se retirase prontamente
antes que algún otro le viese, (a todos se prohibía
llegar allí) o el se viese precisado a dar parte a su
rey, quien si lo supiera (así lo relató el chilote
a los indios) mandaría buscarlo por cuantos caminos había
para quitarle la vida, pues era hombre muy tirano, y que con
su gobierno ambicioso tenía a la plebe en la mayor consternación,
y esta es voz común de los indios. Volviendo al chilote
que escapó del rigor de aquel tirano, y ya entre los
indios, algunos de ellos se ofrecieron a acompañarle,
pero en la primera montaña, le quitaron la vida: cuya
noticia se me trajo por indios de mucha verdad del fuerte de
San Fernando, a orillas del Río Bueno, luego que sucedió;
y esto tiene a los indios llenos de temor.
Este
suceso del chilote ha dado motivo entre aquellos españoles
(persuádome es la plebe) para el empeño de poner
señales; en el cerro, que llaman de los Cochinos, que
es donde se divisa la ciudad principal y laguna, único
y más inmediato para llegar a aquella tierra como lo
expondré. En este sitio acaece, en lo que no hay duda,
que los españoles ponen una espada con zapatos; los indios
la quitan, y ponen un machete. Los españoles ponen una
cruz; vienen los indios quitan la cruz, y ponen una lanza, toda
de palo. Los españoles ponen, redondas piedras como balas,
y después de estas amenazas de unos y otros, están
constantemente hallando los indios en aquel propio sitio del
cerro, varios papeles, o cartas puestas en una estaca, cosa
que tiene a los indios consternados, pues ni se atreven a quitarlos,
ni se apartan de allí, manteniéndose en continua
vigilancia, temerosos que algún papel de estos salga
entre ellos, y dé en manos de nosotros. Esta noticia
y la del chilote, se han divulgado por toda la tierra adentro,
y, como digo, se hallan cuidadosos.
Para
más asegurarse de nosotros, aquel rey tiene trato anualmente
con los indios de su jurisdicción que son muchos, y para
explicar su crecido número dicen estos que parecen llovidos,
aunque no muy valientes; a quienes tiene tan gratos, por estar
precisamente a sus órdenes. Tiene caciques al modo nuestro,
y uno superior entre ellos con quien tiene más estrecha
amistad. Con estos hace sus juntas, convocando también
a los Pegüenches, con quien conserva gran familiaridad;
y así suelen hallarse multitud de vocales en las juntas
que hace. El punto de que con mayor esfuerzo se trata con todos
aquellos indios, es sobre que no permitan llegar ninguno de
afuera por los caminos que tenemos para allá, ni por
la Cordillera inmediata a ellos, y que si alguno lo intentase,
que lo maten, sin la menor conmiseración. Lo que hace
creer se hallan contentos en su retiro aquellos españoles,
supongo serán los superiores, y que aquellos signos de
papeles, etcétera, serán de la plebe, que, oprimida,
desea sacudir el yugo.
Sin
embargo cuando por orden de Nuestro Excelentísimo Señor
Virrey, don Manuel de Amat, Capitán general entonces
de este reino de Chile, se emprendió aquella famosa salida
para los llanos, que fue terror de los indios, sé de
cierto, por varios de estos que me lo aseguraron, fue público
en esta plaza, que estando disponiéndose los nuestros
para ella, llegó la noticia a aquellos españoles,
con la que ordenaron salir a encontrarse con nosotros, no sé
con que fin. Estando en estas disposiciones, llegó nuestro
campo a orillas de Río Bueno, en donde la noche de su
llegada tuvo aquel tan notorio ataque, que habiendo oído
los españoles de la laguna en el silencio de la noche,
a la inmediación de la ciudad, los tiros de los pedreros
y esmeriles, salieron a las dos o tres días con 300 hombres,
según los indios se explican y tiraron derechos para
Río Bueno. Al segundo día de su marcha supieron
la retirada de los nuestros por los mismos indios, pero con
todo no desistieron del empeño de caminar; en cuya vista
los indios aquella noche hicieron su consejo, y resolvieron
atacarlos a la mañana, y si posible fuese acabarlos:
con efecto presentaron la batalla en la que pelearon unos y
otros con grande valor, y que duró algunas horas, pues
disputaban con iguales armas: murieron un sin número
de indios y bastantes españoles, pero quedó el
campo por estos, aunque con la muerte de su esforzado capitán.
La noticia de esta pelea procuraron obscurecerla, encomendando
con pena de la vida su sigilo, para que no llegara a nosotros.
1)
El camino de menos ríos, aunque más dilatado,
para aquellas dos ciudades, es el que llamamos de los Llanos,
por donde marchó nuestra tropa hasta el Río Bueno.
Este camino consta de una montaña como de catorce leguas
de largo, principia en el río de Anquechilla, en donde
tenemos nuestra continua centinela para los indios, y termina
en Guequeciona: de ahí hasta el Río Bueno no se
ofrece montaña ni loma, y si arroyos pequeños.
De Anquechilla al Río Bueno, se regulan seis días
de camino. Este río es ancho, profundo y sin corriente:
de ahí para la ciudad de los españoles es todo
llano, hasta llegar al cerro ya dicho de los Cochinos. Este
es un bajo, en el que hay muchos cochinos alzados, de los que
se aprovechan los españoles, y también los indios.
Al pie de este cerro, por la banda de la ciudad, hay dos riachuelos,
ambas de vado; el primero llamado Yoyelque, y el segundo Daulluco:
este es el más cercano a la ciudad, que dista como cuatro
leguas, tomando el camino de un pedregal grande, siempre a orillas
de la laguna, hasta llegar a la primera fortaleza de foso.
2)
El segundo camino es el que llamamos de Guinchilca, o Ranco:
este es más derecho, pero de muchos ríos y arroyos,
pues saliendo de la plaza hay el Guaquelque, o Cuicuitelfu,
Collitelfu, Guinchilca (se pasan cuatro veces, pero todos son
de vado) y Río Bueno. Saliendo de Valdivia, hay como
veinte leguas de montaña, y termina esta en Guinchilca,
en la que hay tres ríos de los dichos. El camino de la
dicha montaña es ancho y llano, con algunos malos pasos,
fáciles de componer. Lo más fragoso de él
se puede andar por el río, hasta un lugar de indios,
llamado Calle-calle. Antes de llegar al Río Bueno se
ofrece una montaña baja, poco espesa, y de pocas leguas,
al fin de la cual se da con el Río Bueno. De ahí
a poca distancia, siguiendo el camino de los españoles
hasta el fuerte de Osorno, caminando al sur, de allí
al este, cosa de una jornada, está la ciudad de Osorno,
pero en seguida de dicho fuerte al sur, a muy corto trecho,
se da con la gran laguna de Ranco que es el asilo de los españoles,
y sigue a orillas de ella por el pedregal. Este camino es de
carretas, y no hay la pensión de trepar cerro alguno,
desde Guinchilca a la ciudad: por él se manejaban antiguamente
los de Osorno. En la distancia que hay de Guinchilca a aquel
pueblo, se presentan varias ruinas de fuertes pequeños,
que según la tradición de los indios eran escala
o jornadas, que hacían los que de esta plaza iban a aquella
ciudad. Esta es toda la serie de noticias, que de aquella incógnita
ciudad he adquirido, a costa de incesantes trabajos, de cuya
existencia no me queda duda, y en todo tiempo me obligo a mostrar
el camino, o caminos que conducen a ella: lo que aseguro por
Dios Nuestro Señor, y esta señal de la cruz, y
mi palabra de honor. Y para mayor prueba de la verdad, expongo
a continuación los principales sujetos o caciques, después
de otros muchos de menos suposición, que me han asegurado,
con algunas noticias más que pongo dadas por varios que
no cito, concordando unos con otros en el modo de decir y explicar
lo que de aquella ciudad saben.
El
cacique Marimán me aseguró haber divisado la ciudad
desde el cerro de los Cochinos, que se halla en la laguna de
Ranco, y que sabía eran los españoles de Osorno,
que nunca fueron vencidos, que son muchos, y muy valientes.
Sabe que por falta de víveres desampararon su tierra,
después de haber comido gente muerta, y ganaron aquella
isla, en donde encontraron mucho ganado y grano de las haciendas
que allí tenían varios españoles acaudalados
de la misma Osorno: que la causa de guardar tanto sigilo era
porque no los tuviésemos tributarios como en los tiempos
antiguos; que están inmediatos a la Cordillera. Que la
Ciudad desierta está próxima a los españoles,
y aun se mantiene murada, que solo han caído las puertas,
y de las torres las medias naranjas; que hay otro fuerte de
la citada ciudad, mirado con pocas ruinas. Hasta hoy es una
isla que hace la misma gran laguna de Ranco al principio de
ella, de donde no divisan la población de españoles.
Que este fuerte nadie lo habitaba; las armas que usan eran espadas
y lanzas; que tienen artillería, porque hacen a tiempos
las descargas.
Dos
indios de las cercanías de aquellos españoles
me exponen igualmente añadiendo tienen amistad con los
indios inmediatos, con quienes hacen sus juntas. Por el indio
Quaiquil supe igualmente, y añadió los había
visto; eran corpulentos, blancos y rubios; que la entrada en
la isla es por una garganta corta de tierra, que tiene un foso,
muralla, puente levadizo, y muchas embarcaciones; que usan espada
y lanza, tienen artillería, lienzos y plata, y mucho
ganado mayor y menor. Según comprendí, su vestuario
es musgo, y a lo antiguo; que cuando la función de los
Llanos, habían salido a encontrarse con nosotros, pero
que los indios les dieron guerra, y que se mandó guardar
secreto con pena de la vida. El cacique Carriblanca, al año
de la función de los Llanos, habiendo yo pasado a su
tierra, se valió de mí para que le consiguiese
la entrada en esta plaza (estaba privado a los de su jurisdicción),
para comunicar al señor gobernador ciertos asuntos; y
haciéndole cargo del motivo que tenía, para no
dar paso a la ciudad de los españoles alzados, y porque
guardaba secreto en una cosa tan sabida, me respondió,
que desde sus antepasados tenía obligación de
guardar sigilo, y de negar el camino como dueño de él.
Pero que si ya lo habían declarado otros, mal podía
negarlo él, y me dio las mismas señas que los
otros, añadiendo que del Río Bueno a los españoles
hay día y medio de camino; y que le dijese a mi Gobernador
que en el caso de querer reconocerlos, no fuesen tan pocos como
el año antecedente, sino que pasase de mil hombres la
tropa, pues eran muchos los indios que había. Todo lo
que hice presente al Gobernador don Tomás Carminate,
quien respondió que nada creía de aquello, y que
el comisario se decía no convenía viniese a Valdivia
dicho cacique; y con mi respuesta que esperaba, dejó
de venir. En el mismo mes, conversando con Pascual, cacique
del otro lado del Río Bueno delante de Tomás Silva,
vecino de esta plaza, me dio las mismas señas que los
anteriores; y expuso que cerca de su casa hay un cerro bajo
o loma, de donde no solo se divisa la ciudad, sino hasta la
ropa blanca que lavan, y bajado este cerro, habrá cuatro
leguas de distancia por el pedregal o orilla de la laguna. El
mismo Pascual, a mediados de este año de 1773, hablando
con Gregorio Solís, vecino de esta plaza, le contó
la serie de señales que dicho, mostrándole desde
su casa el sitio donde las ponen, y añadió, como
que le consultaba, ¿qué premio le parecería
que le daría nuestro Rey, en el caso de descubrir el
camino de la ciudad? Que ya consideraba harían rico,
y capitán de sus tierras, pero que aquello era conversación.
Este Solís era hombre de verdad, y muy conocido entre
ellos. El capitanejo Necultripay me comunicó haber estado
en varias ocasiones a lo de estos españoles, acompañado
de los indios inmediatos a los dichos. Le supliqué me
llevase una carta, y me respondió no podía, por
los motivos de brujería, que ya dije; y también
por ser costumbre entre ellos ir acompañados entre aquellos
indios, los que si lo entendieran, le quitarían la vida.
Pero que si el Gobernador resolvía reconocerlos, iría
de guía, y en su defecto a nadie se lo dijese, que él
se ofrecía, porque perdería la vida. Noticia que
expuse a don Félix Berroeta, Gobernador de esta, quien
la agradeció mucho, y me encargó continuase con
toda eficacia la correspondencia con estos indios, ofreciéndome
para el fin del descubrimiento, si era necesario, todo su caudal.
Pero con mi muerte se frustraron nuestras ideas. Después
de algún tiempo la misma noticia expuse a don Juan Gartan
Gobernador de esta, quien sin examinar las circunstancias, me
dijo que todo lo tenía por fábula. En cuanto a
las armas, situación, caudales y vestimenta, coinciden
las señales del capitanejo con las precedentes. A los
pocos días me vi con el hijo del citado capitanejo, que
me expuso lo mismo que su padre, sin haber estado presente cuando
su declaración. Contra, indio de respeto entre ellos,
me declaró igualmente que los antecedentes, y que no
los ha tratado, mas sabe que hay mucha gente, y de valor, que
nunca los han vencido, y sabe son los de Osorno. Cumilaf, el
del otro lado del Río Bueno, me aseguró vivía
inmediato a los españoles de la laguna, que son acaudalados
de plata y ganado; pero pobres en fierro y añil, y que
tampoco tiene abalorios, dando las propias señas en situación,
armas y caminos. Guisieyau, expone lo mismo, y añade
ha estado dos veces en aquella ciudad: la una vez entró
a comprarles ají con los indios inmediatos, y me mostró
un caballo que le había vendido por un sable, y la marca
que tenía está en cifra. Amotripay y sus hijos
lo mismo declararon, sin temor alguno: son indios de respeto
entre ellos; viven de la otra parte del Río Bueno. Lancopaguy,
lo mismo, y muy por menor de la situación, armas caudales
y caminos. Gedacoy, igualmente, añadiendo era mejor camino
el de Ranco por ser más llano, aunque de más ríos,
y todos convienen en esto también me dijo que la causa
de no dar paso los indios por aquel camino, ni admitir conchabados
es, porque no vean las ciudades, y tengan noticia por allí
de aquellos españoles. Calfuy da noticia hasta del nombre
de los caciques, amigos de los españoles. Rupayán
da cuenta de la situación, armas, caudales, y de haber
encontrado sal. Artillanca manifiesta lo mismo. Antipan se explaya
más sobre las circunstancias de la laguna y fortaleza
de la primera ciudad y situación de la segunda, y las
islas que hay dentro de la laguna. Paqui
dice que sabe están los españoles en aquella isla,
y da muchos detalles, los que concuerdan con las exposiciones
precedentes. Todos
los citados, son entre ellos personas de suposición,
para formar total concepto de la verdad que expresan, especialmente
combinándose sus declaraciones, como también las
de otros indios pobres, y de poca autoridad. Y para que en todo
tiempo conste esta información de la incógnita
ciudad de Osorno, además del juramento que tengo hecho,
me sujeto a la pena que se me quiera imponer, en el caso de
no ser cierta la existencia de estos españoles, en el
lugar que nomino. Y por ser así, lo firmo en la plaza
de Valdivia a tres días del mes de enero de 1774. Ignacio
Pinuer
|
| 1777
- Copia de la carta escrita por D. Agustín
de Jáuregui, presidente de Chile, al Excelentísimo
Sr. Virrey del Perú |
| Excelentísimo
Señor.
Don
Ignacio Pinuer, capitán graduado, y lengua general de
la plaza y ciudad de Valdivia, me remitió una relación
jurada y circunstanciada de las noticias que tenía de
personas que en ella cita, de existir a la orilla de la laguna
Ranco, madre del Río Bueno, distante poco más
o menos de cuarenta leguas de aquella plaza, y tres o cuatro
de la antigua desolada ciudad de Osorno, hacia el sur, dos poblaciones
de españoles, cuyos causantes insinúa haber sido
originados de la expresada ciudad, y que en el alzamiento general
del siglo pasado en que destruyeron los indios siete ciudades,
se mantuvo esta sitiada mucho tiempo de los bárbaros;
pero que al fin consiguieron salir libres, y ocultarse en aquellas
inmediaciones en donde se situaron, aprovechándose de
las proporciones que ofrece el paraje en que se hallan, resguardados
de la misma laguna, y de un lodazal impenetrable; sin quedar
más que un estrecho camino que sirve de entrada y salida,
de muy fácil defensa; a que han añadido, fosos,
y revellines con puente levadizo, libres por esta industria
de ser invadidos de los infieles comarcanos, sobre quienes parece
que en la actualidad tienen adquirido dominio y subordinación,
concurriendo a las juntas a que los citan con la obligación
de guardar secreto de su permanencia en aquel oculto destino:
que tienen murallas y casas de juncos, alguna artillería
y buenas armas.
Inmediatamente
libré providencia, para que el Gobernador de aquella
plaza hiciese con toda cautela y reserva información
de los hechos expuestos, examinando con la solemnidad del juramento
al autor de las noticias referidas, y a los demás que
expresaban ser sabedores de ellas. Y supuesto su allanamiento
de acreditar la verdad por los medios que proponía, que
lo auxiliase en lo posible y preciso: advirtiéndole que
para asegurar el asenso a su informe, procurase traer algunas
prendas de las particulares que tengan, o de que usen aquellos
españoles. Antes de que llegase a manos del referido
Gobernador esta providencia, recibí las que había
dado sobre el mismo asunto, en virtud del aviso de don Juan
Enriques, cadete, de aquella guarnición, que concordaban
en substancia con lo que dijo Pinuer, acompañándolas
con carta de 28 de febrero de este año, en que se incluye
una copia que dirigió por el mismo cadete a los que tuviesen
el mando de las antedichas, poblaciones, a efecto de que supiesen
lo inmediatos que estamos los de su nación, y el deseo
de descubrirlos y sacarlos de aquel cautiverio, y la felicidad
que les proporcionaba la Divina Providencia para el más
claro conocimiento de nuestra sagrada religión, incitándoles
a la comunicación. Igualmente se comprenden las formalidades
legalizadas, y las declaraciones del cadete Enriques y de su
ordenanza Baltasar Ramírez, soldado de aquella plaza,
de haber llegado a casa del cacique, nombrado Lipique, que vive
en la entrada del Rancón, a distancia de veinte y cuatro
leguas de la plaza. Que allí entregó la carta
al soldado Ramírez; que éste pasó con ella
disfrazado de india a la del cacique, llamado Limay, ocho leguas
más adentro, y que de allí dio la carta al indio,
nombrado Quaripangui, para entregarla a los españoles
que distan diez leguas hacia la Cordillera: obligándose,
en fuerza de lo que se le gratificaba, a volver con la respuesta
dentro de un mes, añadiendo el soldado haberse visto
en grande peligro, a causa de un grande trozo de indios que
llegaron a lo del citado cacique Limay, con el fin de quitarle
la vida, porque sabían ser su solicitud el descubrimiento
de los españoles, según lo que había dicho
otro soldado, nombrado Marcelo Silva, al cacique Pallaturreo,
y otros, y que todos estaban alborotados con este motivo.
El
Gobernador concluye diciendo, que siempre será necesaria
la fuerza, por el empeño con que los indios los ocultan;
y aunque por ahora no hay mayor fundamento para asentir a dichas
noticias, ni hacer por ellas novedad, llevaré adelante
las providencias que faciliten mejor, y den una idea más
fundada de lo que haya en realidad. Persuadiéndole desde
luego que, a ser ciertas estas poblaciones, serán de
las que se solicitaban con el nombre de los Césares,
por conformarse las tradiciones de su ubicación con las
noticias referidas, de cuya resulta daré puntual noticia
a Vuestra Excelencia en la primera ocasión que se presente.
Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia muchos años.
Santiago 29 de marzo de 1774. Excelentísimo Señor:
Besa la mano de Vuestra Excelencia, su más rendido servidor.
Don
Agustín de Jáuregui. Excelentísimo
Señor, don Manuel de Amat.
|
| 1777
- Nuevo
descubrimiento preparado por el Gobernador de Valdivia el año
de 1777 |
|
Salieron
del fuerte de Río Bueno dos cadetes un sargento,
el condestable y seis soldados, acompañados de varios
caciques de indios; y dirigiéndose hacia el este,
a cola de 34 leguas dieron con la laguna de Puyechué,
donde formaron una canoa y pasaron algunos a la otra banda de
dicha laguna, que tendrá como 4 leguas de diámetro,
y 25 de circunferencia, con nueve islas inhabitadas; la que
reconocieron. De este paraje caminando al sur, a cosa de
seis leguas de distancia, hallaron otra laguna, llamada Llavequegüe,
donde fabricaron otra canoa, en la cual se embarcaron siete
para reconocerla, y costeándola por la banda del este,
al cabo de tres días llegaron a su fin, al pie de
la Cordillera, donde descubrieron un volcán al este-nordeste,
cuyo nombre ignoran. Y no hallando más que tremendos
ricos y montañas, volvieron al alojamiento de Llavequegüe
o Llauquehue, y despues al Puyechué, a donde llegaron
siete días después que los demás.
En
este paraje, instando de nuevo a los indios que los guiasen
al descubrimiento, quedaron de acuerdo en que seguirían
el viaje dentro de tres días. Al cabo de este tiempo,
salieron divididos en dos partidas; siguieron viaje por tierra
a pie, con sus bastimentos y municiones a las espaldas, ocho
soldados con su sargento, y llegaron a la orilla de la laguna
de Llavequegüe, y hallando la canoa en el mismo sitio en
que la habían dejado, pasaron al día siguiente
a una punta opuesta, y en el otro navegaron cosa de dos leguas,
hasta un arenal donde desembarcaron. Los indios, acompañados
de la otra partida, siguieron adelante, abriendo, camino por
montañas y cordilleras, en todo aquel día, y al
siguiente se unieron, y todos juntos pasaron un fuerte temporal,
que duró tres días y cuatro noches; y pasado este,
siguieron dos días más de camino, y en el primero,
hallándose en un alto de la Cordillera, descubrieron
el extremo de una laguna grande, y una tierra baja muy dilatada.
Caminando
más adelante, se echaron los indios en tierra, diciendo
que no podían más, y viendo que ni por ruegos
ni ofertas, pudieron conseguir que prosiguiesen adelante, subieron
a un árbol de más de treinta varas de alto, de
donde descubrieron una laguna grande de tierra llana y dilatada
con una isla en medio, que después dijeron los indios,
ser esta la laguna Puraya, y que la isla que tenía
se llama Jolten, habitada de indios y españoles.
Habrían caminado en los tres días como doce
leguas, según su cómputo, desde la laguna Llauquehue
hasta este paraje, de donde marcaron la laguna de Puraya al
sueste; y hallándose sin guía, bastimentos,
ni fuerza, determinaron volver al fuerte de Río Bueno.
En
la última entrada, acompañados de varios indios,
pasaron la laguna de Puñechué, y la de Llauquehue,
donde hallaron sus canoas; y usando de ellas como antes, por
la misma derrota llegaron a las señales que les dio el
indio Turin, que fueron un pedregal y riachuelo, en cuyo arenal
quedaron cinco con cuatro indios por cansados, aburridos y escasos
de víveres. Pero siguiendo adelante los demás,
declararon unánimes, que después de reconocido
el pedregal y riachuelo, no habiendo ya montaña que romper,
subieron al volcán de Purarauque, que se forma
de pampa de piedra menuda, quemada como escoria, y subiendo
hasta la mitad de su altura, ya tocando la nieve, hicieron alto
para pasar la noche. Que al día siguiente oyeron tiros
de artillería, y saliendo de allí a reconocer
con la vista lo que alcanzasen, faldearon el cerro por la izquierda,
y guiados por la seña, descubrieron la pampa grande del
otro lado con el riachuelo, y una laguna que estaba entre riscos
al pie del volcán; pero desfallecidos, por no haber comido
dos días, y lastimados los pies de tanto andar, pues
juzgan que anduvieron más de veinte leguas, en los nueve
días, hasta Puñechué, y de allí
todos juntos al Río Bueno.
Generalmente
convienen, según las relaciones de los indios, en
que hay tales españoles, diciendo algunos que son ingleses,
diferenciando algunos en las poblaciones, pero concordes en
que son muchos, y en que se defenderán, porque son muy
guapos: y los distinguen en dos naciones diversas, expresando
que los Morohuincas están muy lejos o retirados, fortalecidos
en sitio superior, y unidos con los Pegüenches, a quienes
hacen sus parlamentos, y aun dicen que tienen noticia que les
entran embarcaciones. A otros llaman Aucahuincas, que dicen
están junto a la laguna de Puraya: que estos son de Osorno,
y que tienen guerra con los Morohuincas.
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1778 - Los franciscanos Norberto Fernández y Felipe Sánchez
se internan en los estuarios de Palena y Aysén en busca
de los Césares
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1779 - La corona española ordena una nueva expedición
en busca de la Ciudad de los Césares, la que debía
ser dirigida por Manuel José de Orejuela. Tras varios
años de disputas con el gobernador, la expedición
se cancela
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1779-1786. Expediciones de fray Francisco Menéndez a
Chiloé continental en busca de la Ciudad de los Césares
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1780? Declaración
del capitán D. Fermín Villagrán, sobre
la ciudad de los Césares
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Yo
el capitán de dragones de este Real Ejército,
y comandante de dicha plaza, don José María Prieto:
habiendo tenido orden verbal del coronel de caballería,
maestro de campo, general y gobernador de esta frontera don
Ambrosio de O'Higgins, para tomar declaración al capitán
de la reducción de Maguegua, don Fermín Villagrán,
sobre noticias que ha adquirido en su dicha reducción,
por un indio guilliche, de un establecimiento
de españoles, situado en un paraje llamado Muileu,
le hice comparecer ante mí, y le mandé hacer la
señal de la cruz, bajo la cual prometió decir
verdad, y lo que sabe sobre este asunto, con toda individualidad
en cuanto fuese preguntado: y habiéndolo sido sobre qué
es lo que sabe del citado indio; dijo: que habiendo pasado a
su reducción a dejar al cacique Loncomilla, de resultas
de haber bajado éste a ver al señor Maestre de
Campo de esta plaza, deseoso de averiguar el paradero de ciertas
cautivas españolas que tenía noticia paraban entre
los Guilliches, habló con un indio de esta nación,
llamado Gechapague, a quien preguntó por dichas cautivas,
y le respondió, que allí en su lugar no había
ninguna. Replicó el capitán que sabía haberlas
allí o en otro, y respondió el guilliche, que
en otro lugar de más adentro las había, y que
éstas ya los españoles las estaban comprando.
Y preguntándole a dicho indio, ¿qué
españoles las compraban? Respondió que eran unos
que estaban en un paraje nombrado Milecí. Y
preguntándole a dicho indio ¿qué a dónde
era ese paraje? Respondió que a donde entra en el mar
el río Meuquén o Neuquén, a la otra parte
de la Cordillera. Y
preguntándole ¿cómo habían llegado
allí aquellos españoles? Respondió que
en cuatro o cinco embarcaciones. Y preguntándole, ¿qué
número de gentes españolas había en aquel
lugar? Respondió, que habría mil personas. Mas
también le preguntó dicho capitán al citado
indio, que ¿de qué armas usaban los españoles?
Y respondió que tenían cañones de artillería
muy grandes, y que tenían bastantes. Y preguntándole
asimismo ¿de qué vestuario usaban? Respondió
que de paño. Y preguntándoles que ¿cómo
o de qué se mantenían allí dichos españoles?
Respondió, que luego que llegaron, -habían padecido
muchas necesidades, y que en él día se bastimentaban
por los indios con vacas y caballos que les llevaban a vender;
y que los dichos españoles también salían
de diez en diez a tratar con ellos, y hacer este conchabo. Y
añadió dicho indio, que los dichos españoles
decían que aquel establecimiento distaba de su tierra
ocho días de navegación; y que lo que lleva
declarado, no solo lo supo por el indio referido, sino por otros
tres más, quienes le relacionaron lo mismo. Y siéndole
leída esta declaración, dijo: no tener más
que decir, añadir ni quitar a lo que lleva declarado;
y que esta es la verdad, so cargo del juramento que lleva hecho.
En el que se afirmó y ratificó, y firmó
junto conmigo en dicha plaza, mes y año.
Fermín
Villagrán. José María Prieto
|
| 1782
-
Informe y dictamen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los
Césares, y los arbitrios que se deberían emplear
para descubrirlas
|
| El
Fiscal de Su Majestad en lo criminal, en consecuencia y cumplimiento,
del superior decreto de Vuestra Señoría, de 16 de
abril último, ha reconocido los nueve cuadernos de autos
que se han formado sobre descubrir las poblaciones de españoles
y extranjeros, que se presume hay en las alturas y parte meridional
de este reino; y así mismo el que se crió el año
de 1763, a instancia del Gobernador y vecinos de la provincia
de Chiloé, sobre la apertura del camino de Osorno y Río
Bueno. Y en inteligencia de cuanto de ellos resulta, dice: que,
aunque enterado de la arduidad del asunto, que comprende este
expediente, ha procurado despacharlo con la brevedad posible,
le ha sido forzoso retardar su respuesta hasta hoy, así
porque le ha sido indispensable hacer detenidas reflexiones en
cada uno de los diez procesos a que está reducido, como
porque el despacho diario de los negocios concernientes a su ministerio
le han embarazado mucha parte del tiempo que ha corrido desde
el citado día 16 de abril hasta el presente. En esta atención,
y cumpliendo con la superior orden de Vuestra Señoría
contenida en el enunciado decreto, expondrá lo que le ocurría
a cerca de las expediciones proyectadas en estos mismos autos.
1.º
El objeto que las ha motivado es descubrir si en las alturas
que en este reino se miran, desde los 40 grados hasta el estrecho
de Magallanes y cabo de Hornos, hay alguna o algunas poblaciones
de españoles o colonias de extranjeros, como por tradición
de largos tiempos se nos ha anunciado. Y en realidad, atendidas
las actuaciones que formalizó el coronel don Joaquín
de Espinosa, mientras tuvo a su cargo, el gobierno de la plaza;
y presidio de Valdivia, parece no deba dudarse de la existencia,
de tales poblaciones o colonias, para cuyo esclarecimiento y
evidencia basta reconocer el dicho uniforme, y la atestación
antigua y moderna de los caciques y principales indios que han
trabado amistad con los españoles de la mencionada plaza.
2.º
En el primer cuaderno de las enunciadas actuaciones se reconocen
cuatro declaraciones, tomadas al capitán graduado don
Ignacio Pinuer, comisario de naciones de aquella jurisdicción;
y en todas ellas asegura bajo de juramento, que con motivo de
la amistad estrecha que de muchos tiempos a esta parte ha profesado
con los caciques e indios de aquellos contornos, y de la relación
de parentesco con que les ha tratado, le han comunicado que
de la antigua ciudad de Osorno, al tiempo que fue invadida por
los indios, se retiraron después de un largo sitio algunas
familias tierra adentro, y se situaron en un paraje que era
hacienda de los mismos españoles de Osorno. Que habiéndose
defendido allí mucho tiempo, dieron contra los indios,
y juntaron muchos ganados de los suyos que se llevaron a su
fuerte: y que en ese mismo paraje se mantienen hasta hoy, el
cual dista de Osorno como cinco o seis leguas, porque hay un
pedregal grande que dar vuelta. Que se han mantenido en ese
sitio a fuerza de valor; que los indios les han hecho muchas
entradas, y no los han podido vencer; que para salir les impide
ser una sola la entrada, en la que hay un cerro donde tienen
un centinela los indios para avisar si alguno sale, y atajarlo,
como ha sucedido con algunos: que son muchos los que lo han
intentado, y han sido muertos por los indios, por lo que solo
se mantienen defendiendo las entradas. Que es cierto tienen
dos poblaciones; la principal en una isla en donde ya no cabían,
por lo que se han pasado a la tierra firme en frente, desde
la que se comunican por agua; porque donde está la ciudad
principal, es en medio de una laguna, y solo tiene entrada a
la tierra por un chapad, o pantano, en que tienen puente levadizo.
Que sabe tienen artillería, aunque pequeña, y
usan de las armas de lanza y espada: que es mucho el número
de gente, y visten camisa, y según explican los indios,
calzón de buchí y chupan, porque no saben explicarse.
Que tienen casas de teja y paja, fosos y revellines; que tienen
siembras de ají, que es con lo que comercian con los
indios, quienes les llevan sal de la que sacan de Valdivia que
también les llevan hachas y cosas de fierro, por vacas
y caballos que tienen muchos. Que hablan lengua española,
pero que, aunque los indios les han llevado indio ladino, no
les entienden bien. Que también hablan lengua índica;
y que usan marcas, yerros españoles en las vacas y caballos,
los cuales ha visto el mismo Pinuer. Finalmente testifica que
también sabe que estos no son los que llaman Césares,
porque hay otras poblaciones de españoles hacia el Estrecho,
que según dicen los indios son de navíos perdidos.
Que su conocimiento y trato con ellos, de 40 años a esta
parte, sus entradas a la tierra, y el llamarlos parientes, y
amigos con alguna sagacidad que ha puesto para saber este asunto,
le ha hecho noticioso de que es cierto lo expuesto, y de que
existen tales poblaciones, porque lo ha oído decir a
indios principales caciques de razón, y lo ha confrontado
con lo mismo que ha oído a otros, y todos concuerdan
en -46- una misma cosa. Que el haberlo ocultado los indios es
porque de padres a hijos se han juramentado el callarlo, y es
rito o ley ya entre ellos; y aun por esta razón se han
mantenido alzados, sin nuestra comunicación, todos los
de la otra banda. Que sabe que este juramento y sigilo ha sido,
porque tienen por abuso decirse unos a otros, que si los descubrían
los harían esclavos los españoles, y los sujetarían
a encomiendas: por cuya causa al que han sabido formalmente
que lo ha descubierto le han quitado la vida. Que el saberlo
el declarante es porque, habiéndose dado muchos años
ha por pariente de dos caciques de los alzados, del otro lado
del Río Bueno, nombrados Amotipay y Necultipay, estos
con gran secreto se lo contaban, y por haber Amotipay venido
a verle, a su regreso le dieron veneno los indios, y que Necultipay
ofreció al declarante llevarlo a la ciudad, pero que
no se verificó por haber fallecido, dejándolo
por heredero de sus tierras. Que hoy día ya se habla
de esto con menos reparo entre los indios, porque dicen que
se ha publicado; y que ahora tres años se hizo una gran
junta de los indios alzados, y en ella ofrecieron primero morir
que rendirse, ni desamparar sus tierras, porque tenían
noticias de que los españoles de Chiloé, salían
en solicitud de estos otros españoles, y poblar primero
a, Osorno. Y en otro lugar confirmando estas mismas noticias,
dice: que hacia el cabo de Hornos, hay otra población,
que discurren los indios ha resultado, y aun aseguran que proceden
de navíos extranjeros perdidos, y que hay tres ciudades
grandes y otras pequeñas; lo que le ha asegurado el indio
que las ha visto. Y más adelante, que será necesaria
tropa para hacer este descubrimiento, porque no duda que se
ha de oponer mucha indiada, que es gente aguerrida, y que conoce
sus terrenos. Que hay muchos retazos de monte y río,
y la distancia será de cerca de 40 leguas: y que todo
se ha de vencer a fuerza de armas; pues, aunque no hagan frente
formal los indios, harán emboscadas y avances de noche,
o la multitud puede obligarles a presentar batalla formal: y
así, que considera ser convenientes mil hombres, atendiendo
también a no saberse con certidumbre si estos españoles
querrán entregarse o mantenerse allí con el dominio
que han establecido.
3.º
Lo mismo, aunque con menos puntualidad, testifican Gregorio
Solís, Marcelo Silva, el cadete don Juan Henriques, Francisco
Agurto capitán de Amigos, de la reducción de Calle-calle,
el lengua general don Juan de Castro, Casimiro Mena, Baltazar
Ramírez; y el reverendo padre lector Fray Buenaventura
de Zárate, guardián del convento, de don Francisco
de la Isla de Macera, declara, que habiendo tenido en su servicio,
por espacio de 6 años, a un indio cristiano, llamado
Nicolás Confianza, muy ladino y enterado de nuestra religión
e idioma, siendo ya de edad de 60 años, cayó enfermo,
y estando desahuciado, y disponiéndose para morir, le
dijo: que -47- quería hacer por escrito una declaración
que hallaba por muy conveniente al servicio de Dios, porque
tenía mucho temor de ir a su divina presencia, sin manifestar
lo que sabía. Que habiéndole tomado como pudo
su dicho, declaró: que siendo mocetón, hizo una
muerte en Calle-calle, jurisdicción de Valdivia, con
cuyo motivo se fue fugitivo a los Llanos, y de allí al
otro lado del Río Bueno, donde lo amparó un cacique
tío suyo; haciendo de él mucha confianza para
sus tratos y conchabos. Que con esta ocasión le enviaba
hacia la ciudad de los españoles que hay, procedidos
de los de Osorno, junto a la Cordillera, a que viese a otro
cacique que servía de centinela a dichos españoles.
Que era cierto que estaban allí fundados y establecidos
con ciudades fortificadas, y una noche oyó hablar dos
de ellos con el cacique donde estaba alojado, sobre un conchabo
de lo que llevaba dicho indio, que eran hachas y sal: que los
españoles traían ají, lienzo y bayeta,
con lo que canjeó, o conchabó, y el lienzo era
como el de Chiloé. Que es verdadera la existencia de
estos españoles, y que el castellano que hablan no es
muy claro: y por último que decía esto, estando
ya para morir, y conocía el trance en que se hallaba,
y la cuenta que había de dar a Dios. Que este indio era
muy racional y cristiano, por lo que el padre declarante asegura,
que no solo en esta ocasión, sino en otras muchas conversaciones
antes de este lance, siempre le había referido lo mismo,
con cuyo respecto dice, que tiene satisfacción de la
verdad de cuanto el indio le decía.
4.º
A fojas 49 del mismo cuaderno 1.º se reconoce la declaración
que se tomó al indio Santiago Pagniqué, morador
y vecino de Ranco, y en ella se ve que por el riesgo a que se
exponía de que lo matasen sus compatriotas, en caso de
saber que él había declarado lo que ellos tanto
ocultaban, expresó con lágrimas en los ojos, que
sabe real y verdaderamente que están los españoles
en la laguna de Puyequé, pasado la que se repecha un
risco, y hay un estero que llaman Llauqueco, muy correntoso
y profundo, y es en donde los indios tienen su centinela, para
no dejar entrar ni salir a ningún español, de
una parte ni otra. Que para dar la vuelta a entrar donde están
los españoles, hay mucha risquería, pero que del
cerro de Llauqueco se divisa la población, y algunas
colorean como tejas. Que hay muchos españoles, y que
se visten de lienzo, porque siembran mucho lino, y tienen paño
musgo y colorado que tiñen con relvun. Que tienen iglesia,
lo que sabe por otro que estuvo allí seis días
en tiempo que hicieron una procesión, y que la tienen
cubierta de plata, que parece una ascua. Que a este indio lo
llevó a escondidas un cacique que mandaba el centinela,
y le encargó que no le viesen, porque le quitarían
la vida aquellos españoles. Que desde que nació
sabe que están ahí esos españoles; y desde
Valdivia allá hay cinco días de camino, con otras
particularidades que refiere; entre las que expresa los -48-
ríos y esteros caudalosos que hay que parar, y los indios
que guardan la entrada.
5.º
El cacique nombrado Artillanca, que lo es de la reducción
de Guinchilca, declara a fojas 50 que están allí
aquellos españoles, en la laguna de Puyequé: que
él tiene conocimiento de muchos años a esta parte,
y desde que tiene uso de razón, sabe que allí
están acimentados. Que todos los indios con quienes ha
comunicado, y particularmente sus padres y abuelos, siempre
le han contado lo mismo, adquirido de aquellos indios que tratan
con los españoles. Que estos son muchísimos, y
tienen su rey, pero que según sabe de cierto, ellos no
han querido salir, porque ahora años hicieron un parlamento,
y dijeron en él que tenían todo lo que había
menester, y no querían sujetarse al Rey de España.
Que ahora tiempo tuvieron estos españoles una campaña
con los indios fronterizos, en la que mataron a seis caciques
principales y a muchísimos indios. Que después
acá no han tenido guerra, pero que tienen muy cuidado
el camino, para que no se salga, ni entre a su población;
y que donde está el centinela hay una angostura, en donde
los españoles suelen poner una cruz; pero los indios
la quitan y les ponen una macana con sangre. Que tienen iglesia
grande en su población, y mucha plata y oro que allí
sacan. Que visten de musgo y colorado, son muy guerreros, tienen
ganados y siembran mucho. Que si los nuestros quisieran ir allá,
hallarían mucha oposición, porque hay muchos indios
alzados que lo impiden. Que el camino más derecho para
ir a estas poblaciones es el de los Llanos, mejor que por Guinchilca;
y que aunque en tiempo del Gobernador don Juan Navarro, se le
preguntó sobre este asunto, lo ocultó, porque
ha tenido miedo, si decía algo, de que lo matasen sus
contrarios. Pero que ahora estaba tan agradecido del cortejo
que le había hecho don Joaquín de Espinosa, y
tan satisfecho de su amistad, que no había podido callarle,
nada, y así le había abierto su pecho, para decirle
la verdad de todo lo que sabe.
6.º
A fojas 89 declara el cacique Llancapichun, de la reducción
de Ranco, con el indio Santiago Pagniqué, que es cierto
y evidente que se hallan allí aquellas gentes españolas
en el otro lado de una laguna grande, nombrada de Puyegué:
que es mucha la gente que hay, toda blanca, como nosotros: que
usan de los mismos vestidos, que tienen casas, murallas, y embarcaciones
con que se manejan en la laguna, y salen a pescar. Que tienen
también armas de fuego; y que no solo hay esta población
sino otras más adentro: que ellos están prontos
a guiar a los nuestros, si quieren pasar allí, pues ya
conocen que queremos buscar a los de nuestra sangre. Que tenían
parlado, ellos sobre el asunto con los indios Puelches, de las
inmediaciones de sus tierras, y les habían -49- ofrecido
ayudar a los españoles si entraban a sacar a los otros.
Que se oponen a esta entrada muchos indios que hay hasta llegar
a la laguna, que son los que siempre han defendido la entrada
y salida de aquellas gentes. Que desde la casa de Llancapichun,
hasta llegar a la orilla de la laguna, desde donde se divisan
los españoles que se buscan, hay veinte y cuatro horas
de camino montuoso, con algunas angosturas y cerrillos. Que
hay dos ríos que pasar, cuyo tránsito puede facilitarse
con armar embarcaciones, que es muy fácil a los nuestros:
y que así estaban ya prontos a guiarnos, esperando solo
la determinación del Gobernador, a quien ocurrirían
siempre que sus contrarios les quisiesen insultar, por haber
declarado estas noticias.
7.º
A fojas 26 del cuaderno segundo depusieron los caciques de Río
Bueno, Queupul, Neyguir, Payllalao, Teuqueñén
y Millagueir, que era cierto que estaban allí tales españoles,
obligándose a enseñar la población y a
poner a los nuestros con el cacique Cañilef en paraje
donde la divisasen, y lo mismo aseguraron a Francisco Agurto,
Blas Soto, Miguel Espino y Tomás Encinas, los caciques
Antili, Guayquipagni, Tagollanca, Leficura, Cariñancú,
y otros seis más, según consta de la carta de
fojas 35 de este propio cuaderno segundo, cuyas noticias confirmaron
al cadete don Manuel de la Guarda: añadiendo el apronto
de sus lanzas, y que era preciso para ir sin susto, que la marcha
para el descubrimiento debía ser por el mes de setiembre,
y antes de que se abriese la Cordillera, para no tener así
temor de que los Pegüenches y Puelches saliesen a impedirles
el paso.
8.º
Francisco Agurto declara nuevamente a fojas 49, que con motivo
de haber sido uno de los que fueron al otro lado del Río
Bueno en la escolta que se dio al cacique Queupul, como parcial
nuestro, consiguió hablar sobre la existencia de los
españoles, nominados Césares, con varios indios,
a quienes por haber hallado muy adictos al gobernador y a los
españoles, pudo ya sin cautela tocarles este asunto de
ellos, siempre cautelosamente promovido. Que de estas conversaciones
resultó que el cacique Neucupangui, que tiene su habitación
y terreno adelante de Río Bueno hacia les cordilleras,
le comunicase que los españoles que buscábamos,
estaban a este lado de la Cordillera; pero que fuera de estos
había al otro lado, a orillas del mar, otros Huincas,
o españoles muy blancos, que eran muchos, y se hallan
allí poblados de navíos perdidos; que eran muy
valientes, tenían murallas, y no se darían por
bien. Que eran muy ricos, y tenían comercio, porque entraban
embarcaciones en su puerto. Que esta gente se comunicaba con
otros llamados Césares, por un camino de risquería,
que solo a pie se podía andar, en que tardaban dos días.
Que toda esta declaración la oyó el -50- declarante,
igualmente de otro cacique, llamado Imilguir, también
de tierra adentro, y que no duda de su certidumbre por la ingenuidad
con que le hablaban en este particular, pues diciéndoles
el que declara: «esos serán los de Chilo»,
respondieron: «esos están por ahí abajo,
que no ignoramos nosotros para dar esta noticia: lo mismo que
repite este declarante a fojas 78, contando los pasajes que
le ocurrieron al entrar a la laguna de Puyegué.
9.º
A fojas 15 dice la india María, natural de Naguelguapí,
que su madre tenía amistad con unos españoles
que se hallaban inmediatos a su tierra, y que con el motivo
de haber caído enferma, la llevó a una islita,
en donde había un religioso y una señora de edad:
que el religioso tenía los hábitos como los de
San Francisco, y la quiso bautizar, y ponerle por nombre Teresa.
Que dicho religioso estaba en la isla como misionero, y a ella
ocurrían a rezar algunos indios. Que inmediato a la isla
hay una población, situada de la otra banda de la laguna
de Puyegué, en la cual hay algunos indios y muchos españoles,
los que habitan en unos altos, sin permitir entrar a los indios.
Y a distancia de un día de camino, hay otra población,
cuyos dueños tienen muchas armas de fuego, y hablan distinta
lengua que los primeros, los cuales tienen muy pocas armas de
fuego, y sí muchas lanzas. Que mantienen continua guerra
con los de la segunda población por causa de sus ganados;
y que los primeros, según lo que la madre de la declarante
le tiene dicho, usan del vestuario como nosotros, y por zapatos,
zumeles. Que tienen comercio con los otros, de quienes se proveen
de lienzos, añil y chaquiras, y que tienen una especie
de lana que se cría en árboles, la que traen de
la otra banda de la Cordillera, hacia el Cabo de Hornos, conchavándola
a los indios también que aquellos españoles solicitan
saber de nosotros, pero que los indios les infunden temor, diciendo:
que somos muy temerarios y tiranos, y que, por un río
grande que es de mares, se comunican los de una población
con otra, por unas barcas grandes.
10.º
A presencia de semejantes atestaciones, parece que no debe ya
dudarse de la existencia de aquellas poblaciones, bien sean
de españoles, o bien sean de extranjeros, que según
el uniforme dicho, de los indios, hay en la una y otra banda
de la Cordillera hacia la parte del sur, y en la altura del
estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos: porque aunque no puede
negarse que han producido con alguna variedad sus asertos y
noticias, en cuanto a la situación de tales poblaciones,
esto puede provenir de varias causas y motivos. El primero de
la misma naturaleza de los indios, que siendo sumamente recelosos
del español, muy tímidos y observantes de sus
ritos como leyes inviolables, según lo advierte Francisco
Agurto, a fojas 98 vuelta, y en su declaración de fojas
96, no es inverosímil -51- persuadirse, que ya que descubren
el secreto, para ellos misterioso, y de la mayor gravedad, varíen
en una u otra circunstancia. El segundo, de que los intérpretes
o lenguaraces no hayan entendido, bien lo que ellos han querido
decir, explicando los lugares de la situación. Y el tercero,
de que los mismos indios por su rudeza no hayan sabido explicar
este punto. Y así debe atenderse principalmente a la
substancia de lo que declaran acerca de la efectiva existencia
de dichas poblaciones, mayormente estando todos contestes en
cuanto a este punto, sin que lo contrario arguya el éxito
de las expediciones hechas a costa del coronel don Joaquín
de Espinosa, de que da puntual razón el Reverendo Padre
Fray Benito Delgado, en su carta de fojas, 99 del 5.º cuaderno,
y a fojas 127 los cadetes don Miguel, y don Manuel de la Guarda,
don Joaquín, y don Juan Ángel Cosío, el
sargento Gregorio Pinuer, el condestable Pedro Álvarez,
los cabos Teodoro Negrón, y Feliciano Flores, y los soldados
Francisco Agurto, Baltazar Ramírez, Miguel Espino, Tomás
Encinas, Andrés Olguín, y Domingo Monte-Alegre.
Pues, confesando que no pasaron a mucha distancia de las lagunas
de Puyequé y Llauquigüe, ni llegaron a la otra laguna
de Puraylla, que divisaron desde un alto de la Cordillera, donde
vieron algunos humos, y que oyeron unos tiros, como de esmeril
o pedrero, los que pudieron ser efecto de los volcanes inmediatos,
no debe tenerse esto por documento suficiente que califique
absolutamente la falsedad del común y general aserto
de los indios, y mucho menos cuando los caciques, en el acto
mismo de reconocer estos españoles las precitadas lagunas,
ratificaron las mismas noticias aseverando que los Morohuincas
de la segunda población son ingleses, y que son muy guapos,
que están muy lejos, y muy fortificados, como se ve a
fojas 35 y fojas 36 de dicho 5.º cuaderno.
11.º
Si Vuestra Señoría recuerda las memorias de las
épocas anteriores, hallará que nuestra nación
española no tuvo mejores ni iguales fundamentos para
haber hecho los descubrimientos que admira todo el orbe. Después
que el almirante don Cristóbal Colón, obtuvo las
noticias que le comunicó el Piloto Alonso Sánchez
de Huelva, de la nueva tierra que había visto, juzgándolas
por sueño los de su propia república, y las coronas
de Portugal, Francia e Inglaterra, a quienes convidó
con ellas: después que habiendo vencido inmensos trabajos,
logró descubrir la isla nombrada Guanani, que últimamente
se llamó de San Salvador, no tuvo otro comprobante de
la existencia de las demás que halló, que el dicho
y aserto de los indios, Cuando Barco Núñez de
Balboa descubrió la tierra, en que se fundó la
villa de Santa María, la antigua del Darién, no
tuvo otro antecedente para saber de la situación del
mar del sur, y de las tierras del Perú que el dicho de
un hijo del cacique Careta, apuntándole con el dedo hacia
el medio día. El marqués don Francisco Pizarro,
habiendo navegado -52- hasta la tierra del Tumbez, no tuvo otro
fundamento para creer la existencia del Cuzco, su riqueza y
poderoso imperio, que el dicho de los mismos indios Tumbezes.
Y en fin el Adelantado don Diego de Almagro, para haber tomado
a su cargo el descubrimiento y conquista de este reino de Chile,
no tuvo más fundamento que las noticias que le comunicaron
en el Cuzco los indios de aquella jurisdicción, igualmente
que el Inca Mango sucesor de los dos hermanos Guacan y Atahualpa.
Con que se concluye, que el simple dicho y aserto de los indios,
por los efectos que en todos tiempos ha cansado, no debe despreciarse
enteramente, y mucho menos cuando es uniforme y conteste entre
los mismos que lo producen.
12.º
Bien es, que el demasiado deseo de nuestros españoles
por las riquezas y metales preciosos, ha llegado a fabricar
en sus ideas algunos países o poblaciones imaginarias
en estas Américas, cuya fantasía se ha apoyado
con el embuste de los indios, que por apartar de sí a
los nuestros, han procurado empeñarlos en el descubrimiento
y conquista de algún país riquísimo, que
fingían hacia tal o tal parte: como sucede en el Perú,
donde corre la opinión de que entre aquel reino, y el
Brasil hay un dilatado y poderoso imperio, a quien llaman el
Gran Paytití, donde dicen se retiró con inmensas
riquezas el resto de los Incas, cuando se conquistó el
Perú por los españoles, sustituyendo el nuevo
imperio en lugar del que habían perdido: sobre cuyo descubrimiento
y hallazgo ge han dedicado muchos con esmero, y gastado crecidas
cantidades, sin otro fruto que el desengaño. En la provincia
de la Guayana, que está al sur de Caracas, se dice así
mismo que hay un pueblo, a quien llaman el Dorado, por ser tan
rico, que las tejas de las casas son de oro; y al norte del
nuevo Méjico, que hay un país denominado la Gran
Quivira, reducido a un imperio floridísimo, que se formó
de las ruinas del Mejicano, retirándose allí cierto
príncipe de la sangre real de Montezuma. Y aunque sobre
descubrir esta Gran Quivira, no se han impendido gastos algunos,
pero sí se han erogado muchos sobre el Dorado, sin que
se haya conseguido otro favorable efecto, que el que han tenido
las expediciones del Gran Paytití. Y teniendo presente
estos acaecimientos, algunos críticos han colocado las
poblaciones de los españoles, que llaman Césares,
entre los países imaginarios, fundando su opinión
en los antedichos ejemplares, y en que no han podido ser hallados,
sin embargo de la solicitud con que muchas veces han sido buscados:
como entre otros sucedió con el Padre Nicolás
Mascardi, de la Compañía de Jesús, apóstol
de las Indias de Chiloé, que habiendo entrado tierra
adentro en demanda de estas poblaciones, el año de 1673,
sólo consiguió morir a manos de los indios Poyas.
13.º
Mas aquí tenemos otros fundamentos sólidos, que
hacen verosímil la existencia de los españoles,
a que el vulgo ha querido denominar -53- los Césares,
porque los indios que la han declarado uniformemente, nada han
dicho de ponderación que pueda mover la codicia, pues
han asegurado que tienen lino, que tienen casas de paja y totora,
que tienen artillería menuda, pocas armas de fuego, y
muchas lanzas, con otras particularidades que no militan en
el imperio del Paytití, y población del Dorado
y Gran Guivira. Han expresado que semejantes poblaciones de
españoles proceden de los que se salvaron en el asedio
de las siete ciudades, acaecido en el año de 1599; y
siendo todo esto muy verosímil, como también que
puedan ser de los que habitan la ciudad de las Infantas que
se desapareció en aquel tiempo, sin que se pudiese saber
el fin que tuvo, ni donde estuvo situada, no hay desde luego
razón, para que, inclinándonos a la opinión
de los críticos, creamos que son fingidas e imaginarias
tales poblaciones. A lo que se agrega otra reflexión,
que nace del naufragio que han padecido algunas naves en el
estrecho de Magallanes. Según nos cuentan las historias,
entre las armadas que se han perdido en ese estrecho, una fue
la de cuatro navíos que despachó el Obispo de
Plasencia para poblar las islas Malucas; los cuales habiendo
llegado con buen tiempo al Estrecho, hallándose veinte
leguas dentro de él, se levantó por la proa un
viento tan recio, que no pudiendo volver atrás ni tener
por donde correr, dieron los tres de ellos en tierra, y se perdieron;
pero no la gente, que esta se salvó. La cuarta nave tuvo
mejor suerte, porque corriendo fortuna, pudo desembocar otra
vez al mar del norte, y sosegada la tempestad, volvió
a envestir al Estrecho, y llegó al paraje donde se habían
perdido las compañeras, hallando en aquellas riberas
la gente que se había salvado en tierra: los que viendo
la nave, comenzaron a hacerle señas, y a gritar a los
que iban dentro, pidiéndoles que los recibiesen: pero
que no lo hicieron, porque los bastimentos que habían
quedado eran tan pocos, que temían no bastasen aun para
los del navío.
14.º
Ahora pues, como no se sabe con certidumbre qué se haya
hecho de estos hombres, y se dice, por otra parte, que en la
realidad hay gente de Europa poblada hacia el Estrecho de nuestro
continente, no es difícil persuadirnos que, viéndose
perdidos, se entrasen tierra adentro, y emparentando con alguna
nación de indios de los que allí existen, se hayan
ido multiplicando de manera, que se hayan dejado sentir de las
naciones más vecinas, y de estas pasado a otras las noticias,
que siempre han corrido muy vivas, de que en efecto hay tales
gentes en aquel paraje, a quienes llaman Césares: sin
duda por la tradición de que reinando el emperador Carlos
V, salió un navío cargado de familias para poblar
este sitio, y varando en la costa el bajel, entraron ellos tierra
adentro, y formaron la citada población. Consideraciones
todas por que los geógrafos la han situado en una abra
de la Cordillera Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud.
15.º
Cuando no hubiesen otras razones que fundasen la necesidad de
indagar la real y verdadera existencia de estas poblaciones,
serían sin disputa, en concepto del Fiscal, un poderoso
motivo para que por todos los medios posibles se procurase salir
de toda duda y equivocación; pero habiendo sospechas
vehementísimas, que casi hacen evidente el establecimiento
de naciones extranjeras en los terrenos que hay del estrecho
de Magallanes para el norte, tampoco hay arbitrio para que dejen
de verificarse las expediciones que propuso el coronel don Joaquín
de Espinosa, en su carta de 4 de Marzo de 1778, que se halla
a fojas 143 del cuaderno 5.º
16.
Sobre las noticias que de ellos han dado los indios, y quedan
ya apuntadas, concurre la notable circunstancia de haber sido
siempre este fertilísimo reino el objeto de la envidia
de las naciones extranjeras, especialmente de la inglesa. Prueba
de ello es el continuo desvelo con que esta potencia se ha dedicado
a indagar la situación de los puertos, costas y ensenadas
de nuestra América meridional, y los viajes que practicaron
al mar pacífico los piratas Francisco Drake, el año
de 1579, entrando al puerto de Valparaíso; Tomás
Candish, o Cavendish, el de 1587, dejándose ver en la
isla de Santa María y Valparaíso; Ricardo Achines
en el de 1593; Oliver de Noort el de 1599; Jorge Spilberg en
el de 1615, con seis navíos; Jacobo Lemaire, Guillermo
Schouten y Guillermo Fiten el de 1616; Henrique Beaut, que el
de 1633 con una escuadra considerable salió de Pernambuco,
y entró en el mar del sur por el estrecho de Lemaire.
Era su ánimo tomar el presidio de Valdivia, y fundar
allí una colonia: pero habiendo desembarcado su gente,
y empezádose a fortificar en aquel sitio, el Gobernador
de la plaza y su guarnición, ayudados de los indios,
los desalojaron a cuchilladas, obligándoles a abandonar
el puesto, Henrique Morgan, el de 1669, Carlos Henrique Clarke,
el de 1670; y el de 1680, Bartolomé Charps, Juan Guarlen,
y Eduardo Valmen saquearon los puertos y lugares abiertos de
las costas del Perú y Chile. Y en el presente siglo,
Tomás Colb, el año de 1708; Juan Chilperton, el
de 1720; Eduardo Wernon, el de 1740; y el de 1741 el vice almirante
inglés, Jorge Anson; y en fin el viaje del comandante
Byron, hecho al rededor del mundo, y la descripción puntual
que de orden del almirantazgo ejecutó del Estrecho, mencionando
sus bahías, puertos, ríos y ensenadas, el año
de 1764.
17.º
Estas consideraciones, unidas a las que con maduro acuerdo hace
el capitán don Manuel Josef de Orejuela en las tres representaciones
que ha exhibido con fechas de 21 de noviembre de 1781, 18 de
febrero, y 12 de abril del corriente año, califican en
tanto grado la sospecha de que los ingleses se hayan poblado
y fortalecido en algunos de -55- los puertos que hay desde la
bahía de San Julián para el sur hasta el Cabo
de Hornos, que apenas habrá hombre prudente que, reflexionando
con detenida meditación la materia, dude de semejantes
establecimientos. Pero como es este un punto de los más
graves e interesantes al Estado, es forzoso que el distinguido
celo de Vuestra Señoría para remover todo escrúpulo
de duda, no omita diligencia, por leve que sea, a fin de esclarecer
estas sospechas. Y supuesto que el capitán Orejuela,
en el capítulo 12 de su representación de fojas
5 del 9.º cuaderno, expresa haber reconocido cierta declaración
tomada al Reverendo Padre Prior del convento de San Juan de
Dios del presidio de Valdivia, en que aseguraba que, habiendo
salido de Cádiz el año de 750, en el navío
el Amable María, en la altura de 50 grados de latitud
al sur, descubrió en uno de los cerros de aquel estrecho,
que tenían a la vista un hombre embozado en una capa
azul, con sombrero negro redondo; y una mujer igualmente vestida
de azul, que se reconocía serlo por la ropa talar, acompañados
de un perro grande blanco y negro; a quien habiendo llamado
a la vez con señas, no respondieron palabra: y otra de
los Reverendos Padres Misioneros venidos en el Toscano, en que
constaba que a la altura de 37 grados de latitud, por la parte
del sur, encontraron una embarcación inglesa de dos palos,
que dijo se entretenía en la pesca de ballena, y los
obsequió con un barril de aceite de ella, en correspondencia
de otro de aguardiente, con que el capitán español
los cortejó; sería muy oportuno y conveniente
que una vez que no se encuentran en estos autos semejantes declaraciones,
se sirva mandar Vuestra Señoría, que informe el
citado padre prior del convento de San Juan de Dios de Valdivia,
y los religiosos misioneros venidos en el Toscano, sobre los
pasajes mencionados; y que expresando el capitán Orejuela,
cual es la persona que lo ha comunicado las noticias que refiere
en los capítulos 32, 33 y 36 de su representación
de fojas 5, se le tome igualmente su declaración jurada
al tenor de los hechos relacionados en los capítulos
33, 36 y 37.
18.
Convendrá así mismo se tome igualmente declaración
al caballero francés monsieur Romanet, que se dice hallarse
hoy en Buenos Aires, empleado en nuestra marina real, y destinado
entre otros oficiales de este cuerpo a la división de
los límites con Portugal, para que exponga con la debida
claridad, si es cierto que cuando acompañó a monsieur
de Bougainville en el viaje que hizo al rededor del mundo, al
desembocar el estrecho de Magallanes, por donde pasaron al mar
del sur, vieron un sloop a corta distancia; el cual, sin embargo
de hallarse bien cerca de tierra, inmediatamente viró
de bordo, y giró para ella; por lo que al instante lo
perdió de vista la fragata francesa. Y en esta atención
puede Vuestra Señoría, siendo servido, pasar el
correspondiente oficio al Excelentísimo señor
Virrey de Buenos Aires, a efecto de que Su Excelencia disponga
lo que tenga a -56- bien sobre esta importante diligencia, y
que remita a dicha declaración Vuestra Señoría
para que se agregue a los autos.
19.º
Y por lo que respecta a los medios y arbitrios que propone el
nominado capitán para la mejor defensa de este reino,
especialmente en cuanto a que la escuadra, que ha despachado
su majestad para el seguro de estos mares, se destine a guardar
la plaza de Valdivia, dándose a su comandante la comisión
de inspeccionar aquella fortaleza y artillería, y a esta
Capitanía general las facultades del Excelentísimo
Virrey, para que, en el caso de ser preciso variar las órdenes
que se comunican a los comandantes, pueda resolver y mandar
cuanto convenga al real servicio puede Vuestra Señoría,
siendo servido, consultarlo con Su Excelencia, remitiéndole
testimonio íntegro de este cuaderno 9, en que se incluyen
las tres representaciones hechas por el capitán don Manuel
de Orejuela, a fin de que la consumada práctica y pericia
de Su Excelencia en el arte de la guerra disponga lo que tuviera
por conveniente; pues el Fiscal cree que el único seguro
medio de guardar este reino es el de que se acceda a las propuestas
que sobre este punto hace el precitado don Manuel: por lo que
desde ahora pide y suplica a Vuestra Señoría se
sirva hacer formal instancia en aquella superioridad, a efecto
de que cuanto antes se dé este destino a la escuadra
real en la plaza mencionada.
20.º
Con lo expuesto hasta aquí, ha evacuado el Fiscal su
respuesta en orden a los puntos concernientes a poblaciones
de españoles y establecimientos de extranjeros en nuestro
continente, y así concluirá su discurso acerca
de estos mismos puntos, con expresar a Vuestra Señoría
la substancia y concepto que ha formado de lo que el indio guilliche
Guechapague y los caciques Curical, Guillapangui y Quiñaguirrí
comunicaron al capitán de la reducción de Maquegua,
don Fermín Villagrán, y ha expuesto en las declaraciones
que de orden del Maestre de Campo, General de la ciudad de la
Concepción, se lo recibieron, y constan a fojas 99 y
102, del citado cuaderno 9.
21.º
En una y otra expresa Villagrán haberle asegurado los
antedichos caciques e indios, que había una población
de españoles, que estaban comprando a las cautivas, los
cuales se han situado a la orilla del río Miuleú,
cuyo traje es de paño azul, y otros de amarillo; el sombrero
chico y apuntado de tres picos, y mantienen comercio con el
cacique Curihuentú, que dista de ellos dos leguas, y
que en distancia de seis, tierra adentro de la desembocadura
de dicho río en la mar, está la nueva población,
muy bien fortificada con su estacada, y mucha artillería
gruesa. Y aunque don Manuel de Orejuela, en vista de esta declaración,
procura fundar que es de ingleses este nuevo establecimiento,
el Fiscal -57- cree y conceptúa que no es así,
sino que esas son nuestras nuevas poblaciones, que de orden
de Su Majestad se han verificado en la Bahía sin Fondo,
como el Excelentísimo Señor Virrey de Buenos Aires
lo anuncia a Vuestra Señoría en su carta, fecha
en Montevideo, a seis de mayo de este año. Manifestará
la razón en que funda su dictamen, y quedará la
materia tan clara como la luz del día.
22.º
Según el mapa geográfico de la América
Meridional, dispuesto y grabado por don Juan de la Cruz Cano
y Olmedilla, impreso en Madrid el año de 1775, el río
Mianlú, Leubú o Sanquel, que los indios llaman
Miuleú o Neuquén, es el mismo río que nosotros
le llamamos Negro, el cual toma su origen de las lagunas de
Guanachi, desde donde corre norte sur, hasta la altura de 38
ó 39 grados de latitud, y desde ahí sigue del
occidente al oriente con alguna oblicuidad, hasta desembocar
en el mar, donde se forma la Bahía sin Fondo. Con que
si esto es así, y constante que las nuevas poblaciones
de españoles se hallan situadas en la expresada bahía,
en que el río de Miuleú desemboca al mar, es evidente
la verdad con que hablaron los caciques e indios Guilliches
al capitán Villagrán, y que no debe por esa parte
recelarse establecimiento de extranjeros, quedando así
enteramente desvanecido el concepto que acerca de este punto
ha formado el capitán Orejuela.
23.º
Pero como subsisten vigorosas las demás razones y fundamentos
que forman una más que semiplena, probanza de la realidad
del establecimiento de nuestros enemigos en aquellos propios
terrenos, por eso, con justísima razón el poderoso
invicto Monarca, que felizmente nos gobierna, tuvo a bien expedir
la real orden de 29 de diciembre de 1778, en que, a consecuencia
de las actuaciones que promovió el distinguido y ardiente
celo del coronel don Joaquín de Espinosa, se sirvió
adoptar las oportunas y bien fundadas reflexiones que le hizo
esta Capitanía General, en apoyo de la propuesta que
el coronel don Joaquín explicó en su carta de
fojas 143, del cuaderno 5, dejando a la discreción de
este Superior Gobierno el arreglo de las expediciones que han
de ejecutarse, con el importantísimo objeto de descubrir
semejantes establecimientos, y salir de una vez de dudas y equivocaciones;
graduando el tiempo en que convenga se verifiquen con la menos
costa que sea posible; formando a este efecto las instrucciones
que hayan de observarse, y cuidando de precaver en ellas todos
los riesgos que las pueda empeñar en la pérdida
de gentes, sin una necesidad muy urgente, y que no pueda remediarse
o alcanzarse, por razón de saber de hacer sus marchas
por parajes desconocidos. En la inteligencia de que el señor
capitán general de este reino ha de entenderse en derechura
con el Excelentísimo Señor Virrey del Perú,
para cuanto le ocurra sobre este particular: a cuyo fin le ha
prevenido -58- Su Majestad preste los auxilios de tropa y demás
que sea conveniente para la consecución de esta empresa.
24.º
Esta real resolución, y las que se contienen en las órdenes
de 2 de diciembre de 1774, 10 de agosto de 75, 18 de Julio de
78, y 29 de diciembre de 78, que se contienen en el 7.º
cuaderno, manifiestan la decidida real voluntad, acerca del
efectivo envío de las expediciones proyectadas por el
coronel don Joaquín de Espinosa, en su citada carta de
fojas 143 del 5.º cuaderno. Y en esta virtud, lo que hoy
únicamente resta, y de que se debe tratar, es del tiempo
en que convendrá ejecutarse estas expediciones, y del
modo y circunstancias que deban observarse antes, y en el acto
de su verificativo.
25.º
El Excelentísimo señor don Agustín de Jáuregui,
siendo gobernador y capitán general de este reino, inteligenciado
de la juiciosa conducta del coronel don Joaquín, y el
mérito que sobre este particular tenía contraído,
puso al cargo y mando de este oficial las operaciones referidas,
y le ordenó en carta de 20 de agosto de 1779, que para
formalizar las correspondientes instrucciones, con total arreglo
a las soberanas intenciones de Su Majestad, y al religioso espíritu
que manifiesta la misma real orden de 29 de diciembre, le previno,
que con la posible anticipación y reserva le expusiese
cuanto considerase preciso y necesario para habilitar dichas
expediciones, de modo que, por falta de víveres, bagajes,
armas, municiones y pertrechos no tengan que padecer necesidades,
peligro, ni atraso en las marchas a su destino: lo que podría
facilitarse de estos auxilios y provisiones en la plaza de Valdivia
y su jurisdicción; y lo que había de llevarse
en el navío del situado, así de esta capital como
de la de Lima. En el concepto de que habían de ser dos
las expediciones: las que, a un tiempo determinado, debían
salir una por Chiloé, y otra por Valdivia. Le previno
también que le informase si le ocurría reparo,
en que de las cuatro compañías que habían
de venir del Callao, se remitiesen dos a Chiloé, para
que a su abrigo puedan venir las milicias que destinare el Gobernador
de aquella provincia a reunirse con las que saliesen de esta
otra plaza, y la tropa que las había de acompañar;
y así mismo, si habría caballerías bastantes
para las remontas que se consideran precisas, haciendo atención
al número de que se hubiese de componer la expedición.
26.
Previno Su Excelencia igualmente al coronel don Joaquín,
le informase qué tiempo le parecía el más
a propósito para la salida, a efecto de adelantar las
órdenes correspondientes al más breve apronto
de las provisiones de boca y guerra, y de todos los útiles
que comprendiese necesitarse, como el de los agasajos que más
apetezcan los naturales del tránsito, dándole
razón de unos y otros. Y considerando lo que importa
conferir -59- también la materia con el Gobernador de
Chiloé, antes de ocurrir al Excelentísimo Señor
Virrey del Perú, por los auxilios de tropa y demás
que fuese preciso, le dirigió un pliego rotulado a dicho
Gobernador, para que lo remitiese a Chiloé, en alguna
piragua, o embarcación de particulares; con orden de
que la comprase de cuenta de Su Majestad, si fuese capaz de
poderse continuar en ella la correspondencia con aquella provincia,
y en él de que no la hubiese, que dispusiese la construcción
de una, adecuada al fin enunciado; haciéndole otras prevenciones
conducentes a procurar la mayor seguridad de la expedición,
y el acierto de la ruta que se ha de elegir, y a facilitar el
debido cumplimiento de la real orden de Su Majestad, con la
prontitud deseada. Y sin embargo de ser necesarísima
la decisión de estos puntos, no se encuentra en los autos
razón ni carta alguna del coronel don Joaquín,
en que explique su dictamen en cuanto a ellos; ni tampoco la
respuesta que debió dar el Gobernador de esta provincia
de Chiloé, en consecuencia del pliego que se le dirigió
por la vía de Valdivia.
27.º
En las cartas de fojas 83 y 84 del, 7.º cuaderno, fechas
a 12 de junio de 1780, expresa el Excelentísimo Señor
don Agustín de Jáuregui, siendo aun Presidente
de esta Real Audiencia, quedar en su poder la que en contestación
de la suya de 14 de febrero escribió al coronel don Joaquín
el gobernador de Chiloé don Antonio Martínez y
la Espada, con fecha de 27 de marzo, la misma que con otra de
15 de abril le dirigió dicho coronel, consultándole
los medios que lo ocurrían para facilitar la expedición
por la parte sola de Valdivia, atendida la imposibilidad que
ponía el mencionado Gobernador, de no ser factible se
hiciese salida de aquella provincia para Osorno, por los motivos
que expuso: añadiendo en la de fojas 84, quedaba también
en su poder la razón que con la citada carta de 15 de
Abril se incluyó, de lo que a don Joaquín le había
parecido añadir a la anterior, remitida para la expedición
proyectada, y que todo se agregaría al expediente de
la materia para tenerlo presente cuando hubiesen de darse las
últimas providencias, con arreglo a lo resuelto por Su
Majestad. Y según lo que estas dos cartas ministran,
se comprende, que de facto el coronel don Joaquín de
Espinosa evacuó el informe de aquellos puntos que se
le previnieron en la de 29 de agosto de 79, o a lo menos que
expuso su dictamen sobre algunos de ellos: y pues conducen en
gran manera para que Vuestra Señoría pueda tomar
sus medidas en este grave y delicado asunto, parece corresponde
se sirva mandar, que así en la Secretaría de cámara
de esta Capitanía General, como en la escribanía
de este Superior Gobierno, se busquen y soliciten esos documentos,
para que se agreguen a los autos de la materia. Y en el caso
de que no se encuentren, que se escriba una carta orden al teniente
don Marcelo de Arteaga, albacea del coronel don Joaquín,
previniéndole solicite entre los papeles -60- de este
oficial el borrador de la carta de 15 de abril de 780, escrita
a esta Capitanía General, y el de la razón con
que la acompañó; y sacando copia puntual de uno
y otro, la remita a manos de Vuestra Señoría,
para los fines que convengan al real servicio.
28.º
Bien es que el capitán don Manuel de Orejuela tiene absueltos
todos esos puntos en sus enunciadas representaciones, en que
ha expuesto parecerle conveniente, que se haga una sola salida
por Chiloé con mil hombres de tropa arreglada, y quinientos
más para allanar los caminos, y conducir los bagajes,
pertrechos de guerra, y demás que ocurra en tan vasta
empresa, refiriendo el número y clase de armas, y los
otros preparativos de guerra y boca que conceptúa indispensables.
Y por el mismo caso de estar opuestos los dictámenes,
pues el coronel don Joaquín en su citada carta de fojas
149 del quinto cuaderno, propuso que era suficiente el número
de cuatrocientos hombres de armas, así para allanar el
antiguo camino de Osorno a Chiloé, como para verificar
los descubrimientos que se apetecen, haciéndose a un
mismo tiempo dos entradas por Valdivia y por Chiloé,
es forzoso que Vuestro Señoría reconozca, todos
los papeles y cartas, que sobre esto hubiese escrito el coronel
don Joaquín, mayormente estando también opuesto
el dictamen del Gobernador de Chiloé, don Antonio Martínez
y la Espada, según se enuncia en la citada carta de fojas
83 del cuaderno séptimo.
29.º
Entre los muchos y buenos arbitrios que propone don Manuel Orejuela,
parece al Fiscal muy oportunos y convenientes dos. El primero,
el de llevar la expedición las canoas de viento, necesarias
para el tránsito de los ríos y lagunas que se
ofrecen en el camino, fabricándose de pieles de lobos
marinos, a poca costa, en que pueden cargarse de 15 a 18 quintales,
y conducirse cuatro hombres, a más del que fuere a regresarla.
Y el segundo, el que se traslade toda la gente y guarnición
que hoy existe en la isla de Juan Fernández, y se reúna
en la plaza de Valdivia: pues siendo esta la llave de todo el
reino, a ella se debe aplicar todo el cuidado, y la mayor fuerza,
siendo excusada la del presidio de Juan Fernández, porque
esta isla estará bastantemente guardada, siempre que
se de orden a los navíos de la carrera que la reconozcan
en los viajes que hicieren de Valparaíso al Callao, y
tengan cuidado de avisar, lo que en ella notasen, a este superior
gobierno y al de Lima. Cuyo pensamiento, apoyado con el ejemplar
de la traslación hecha de la población que había
en las Islas Malvinas a la bahía de San Julián,
es un argumento eficaz de la conveniencia, y aun necesidad que
hay de que se verifique la traslación que propone don
Manuel de Orejuela. Sobre que Vuestra Señoría
con sus superiores luces resolverá lo que le parezca
más acertado conveniente al real servicio, graduando
los demás arbitrios que insinúa, -61- según
lo exigieren las actuales circunstancias, y las que puedan ocurrir,
para el mejor acierto de las expediciones proyectadas.
30.º
Ya que con haber fallecido el coronel don Joaquín Espinosa,
no han podido tener efecto todas las diligencias prevenidas
por el Excelentísimo Señor don Agustín
de Jáuregui, en su carta de 20 de agosto de 1779, concernientes
no solo a conservar la amistad contraída con los caciques
de Quinchilca, Ranco y Río Bueno, sino a adelantarla,
y adelantar también, si fuere posible, las noticias de
la verdadera situación de los establecimientos que se
pretenden descubrir, y la de los caminos más cómodos
para llegar a sus poblaciones, sería desde luego muy
conveniente que el notorio celo de Vuestra Señoría
confiriese esta comisión al sargento mayor, don Lucas
de Molina, o a otro oficial de honor de la plaza de Valdivia,
que hubiere manifestado deseo positivo de lograr el hallazgo
de tales poblaciones: ordenando al Gobernador de la plaza, que
lejos de poner embarazo en la práctica de estas diligencias,
tan interesantes al estado, contribuya por su parte, cuanto
le sea posible, dando al comisionado los auxilios que pidiere
y necesitare para el desempeño de su comisión.
31.º
En esta virtud puede Vuestra Señoría, siendo servido,
mandar que el comisionado haga presente a los caciques amigos,
por medio de Francisco Agurto, Baltazar Ramírez, u otros
emisarios de su confianza, el deseo de verles y manifestarles
el agrado que han causado al Rey, a Vuestra Señoría,
y al Gobernador de la plaza, las expresiones y operaciones,
con que en el tiempo del gobierno de don Joaquín de Espinosa,
dieron pruebas de su lealtad y verdadera amistad con los españoles;
y que con este motivo procuren adelantar las noticias de los
parajes en que realmente existen los establecimientos de españoles
y extranjeros, si los hubiere, y la de los caminos más
cómodos para llegar a sus poblaciones: aprovechando las
ocasiones que se les presenten de contraer nuevas amistades,
y de ponerlos en estado de que ellos mismos rueguen por el descubrimiento
de dichas poblaciones, y ofreciéndoles que, mediante
su generosidad, serán bien regalados ellos, sus mujeres
e hijos. Que persuadan también a los caciques amigos
que procuren convidar a los caciques vecinos, a que hagan el
mismo allanamiento y propuesta, y de este modo consigan irse
internando hasta donde puedan, y purificar las noticias que
vayan adquiriendo, haciéndose al propio tiempo capaces
de los caminos y parajes por donde, pueda seguir la expedición
con mayor comodidad y seguridad, y arreglarse los alojamientos,
encargando para ello a estos emisarios que demarquen con cautela
los sitios y distancias, y que se informen por donde se iba
antes a Chiloé, con respecto a ser uno de los principales
objetos de las expediciones proyectadas, franquear la comunicación
con aquella provincia; y que importa muchísimo saber
con fijeza cual -62- sea el antiguo camino, o el paraje por
donde sea más pronto y seguro el tránsito a ella.
32.º
Del propio modo puede Vuestra Señoría prevenir
al comisionado, que en atención a haber declarado Domingo
Monte-Alegre, natural de Chile que el cacique Tanamilla, distante
tres leguas del fuerte de Río Bueno, le comunicó
que un chilote se hallaba cautivo abajo de Osorno en los Juncos,
en un paraje nombrado Poyigué, que este sabe donde están
los españoles, y que el cacique le ofreció lo
llevaría, si quisiese, a que hablase con él, a
cuya propuesta asintió, pero que no lo ha vuelto a ver;
proponga al mismo Monte-Alegre si se allana a reconvertir al
cacique, para que lo lleve a hablar con su paisano, procurando
se verifique la entrada de este español, si es que no
se encuentra en ello riesgo de su vida, pues si es cierta la
relación del cacique, no hay duda que el cautivo, no
solo dará razón del sitio en que existen los españoles
y extranjeros, sino también del camino de Chiloé,
y si le cautivaron los mismos indios Juncos, o los de otras
naciones más avanzadas a aquella provincia, como de lo
demás que tenga visto o sabido, con motivo de haber vivido
entre aquellos bárbaros.
33.
Así mismo será conducente que el comisionado haga
que Francisco Agurto procure que el cacique Manquemilla le cumpla
la oferta que le hizo, de que haría llamar a su sobrino
Antuala, que vive en las inmediaciones de la laguna de Puraylla,
para que hablase con él, según se expresa en las
actuaciones remitidas por el coronel don Joaquín de Espinosa,
de resultas de la expedición que hizo a su costa, y corren
desde fojas 125, hasta fojas 140 del cuaderno 5.º. Pues
cuando no se adelante la adquisición de más claras
luces de la ubicación de los establecimientos que se
buscan, se conseguirá que la expedición pueda
seguir sin mayor riesgo, y por caminos rectos o menos ásperos,
hasta la citada laguna de Puraylla2, o hasta donde alcance la
correspondencia de Antuala con los caciques e indios de más
adentro. Advirtiéndoles también que tengan particular
cuidado de averiguar, si los indios intermedios son muchos o
no, para que Vuestra Señoría en esa inteligencia,
pueda determinar la fuerza que parezca suficiente: y en fin,
que el comisionado empeñe su celo y capacidad, en que
los emisarios o exploradores, bien instruidos de sus prevenciones,
adelanten cuanto sea posible en esta importancia.
34.º
Las mismas reales órdenes están respirando la
suavidad con que Su Majestad quiere se verifiquen estas expediciones,
y por eso el principal cuidado que en ellas se ha de tener,
es y debe ser, evitar -63- el recelo y desagrado de los indios,
y de todo punto el uso de las armas, a menos que no haya otro
recurso para defender las vidas, la fuerza con una defensa natural;
y conseguir por medios suaves la internación, hasta que
no quede duda de si hay o no los establecimientos que se solicita
descubrir: asegurándoles de la buena fe con que se camina
y captándoles la voluntad, para que espontáneamente
se reduzcan a nuestra amistad y pidan el establecimiento de
misiones en sus tierras; y lograr con este antecedente la oportunidad
de proponerles, ser para ello preciso que queden españoles
que acompañen a los misioneros, y los defiendan de los
rebeldes o enemigos de los mismos indios.
Para
consolidar la amistad con ellos, se les puede hacer presente
la que los de la frontera de la Concepción tienen trabada
con nosotros: el amor y caridad con que les mira nuestro Soberano,
la misma que profesa a todos los indios en general. Que no quiere,
ni apetece otra cosa que el bien espiritual y temporal de todos
ellos; que a este fin ha destinado en esta capital un hermoso
colegio, en que sus hijos sean doctrinados y enseñados,
costeando la real hacienda los maestros necesarios, para que
se hagan tan sabios e instruidos como los mismos españoles;
y que en esa atención se les proponga deliberen enviar
los suyos a este colegio, asegurándoles que serán
bien tratados, queridos y regalados; cuyas insinuaciones no
solo convendrá que las expresen a los caciques de aquella
jurisdicción los emisarios o exploradores sobredichos,
sino también el comisionado, el gobernador de plaza,
y aun el oficial u oficiales a quienes se hubiere de encomendar
el mando de las expediciones, el tiempo y cuando hubiese de
llegar y pasar por sus terrenos.
35.º
Y ya que ha llegado el caso de hablar del modo y arbitrios que
pueden presentarse para el logro de que estos naturales, abdicando
de sí aquella ferocidad que les acompaña, y aquel
odio y rencor implacable que han concebido contra la nación
española, no deja ya el Fiscal de apuntar uno que le
ocurre, y le parece concerniente y oportuno. Las mismas actuaciones,
que comprenden estos autos, están acreditando que los
indios de la jurisdicción de Valdivia, y todos los de
esta nación en general, lo que aborrecen entrañablemente
es considerar que puede llegar el caso de que los españoles
los reduzcan a servidumbre, o sujeten a encomiendas, como lo
practicaban y practicaron luego que fundaron las ciudades de
Osorno, Imperial, Villa Rica, Angol, Valdivia, Infantas y Loyola,
cuya total destrucción provino del deseo que asistía
a los subyugados de verse libres de esta especie de esclavitud.
En las propias actuaciones habrá notado -64- Vuestra
Señoría que aun subsiste en el ánimo de
los indios, muy vivo el recelo de caer en ese infortunio, y
que por eso han soltado una que otra expresión relativa
a estos puntos, ya diciendo que los españoles son muy
temerarios y tiranos, y ya que los han de hacer esclavos, o
sujetarlos a encomiendas, si se juntan con los Aucahuincas que
se salvaron del asedio de la ciudad de Osorno.
36.º
No es este tema nuevo en los indios de Chile, sino muy antiguo,
y viene de muy atrás. Prueba de ello son los pasajes
ocurridos al Padre Luis de Valdivia, el año de 1612,
con los caciques e indios de la frontera de la Concepción.
Viendo la Majestad de nuestro Católico Rey don Felipe
III, lo poco que aprovechaban los indios de la fuerza y del
rigor para sujetar a los indios chilenos, que tan soberbios
e insolentes se hallaban con las victorias que habían
tenido, y con la toma y ruina de las ciudades que nos destruyeron,
se dignó resolver, que totalmente se mudase de estilo
en esta conquista, y que dejando del todo la guerra ofensiva,
se redujese solo a la ofensiva: considerando que por este medio
se reducirían los indios más fácilmente
a la Fe, y la recibirían con más amor y aplicación,
viéndose libres del tumulto, y ruido de las armas, para
lo cual se valió de la prudencia, celo y eficacia del
citado padre Luis de Valdivia, religioso de la extinguida compañía
de Jesús, eligiendo por gobernador a don Alonso de Rivera,
que a la sazón lo era del Tucumán, y antes lo
había sido de Chile. Luego que este religioso llegó
a la Concepción, empezó a tratar con los indios
de guerra, de los medios de la paz que de parte del Rey les
ofrecía, dando principio por las naciones cercanas, que
eran las de Arauco, Tucapel y Catiray, a quienes envió
los mensajeros que tuvo por convenientes. Noticiosos los indios
de esta novedad, resolvieron se hiciese una junta con el padre
Luis en Nancú, lugar que está en medio de todo
Catiray, para que allí se tratase del negocio propuesto,
y de los conciertos de paz y amistad que deseaban; a cuyo fin
se habían congregado diez parcialidades.
37.º
Habiendo el Padre resuelto su salida, y llegado al lugar en
que le esperaban los caciques, se echaron sobre sus brazos,
mostrando gran contento de su llegada a aquellas tierras, y
tomándole de la mano Guayquimilla, que era el más
principal de ellos, se la besó en nombre de todos los
demás, y le hizo un elegante razonamiento, diciendo que
«de su alegre venida no solamente estaba regocijada la
gente a quien llevaba tan grande bien, pero que los mismos brutos
animales, las yerbas, las flores, las fuentes y los arroyos
saltaban de placer y contento». Después de estas,
primeras cortesías, se sentaron a razonar y discurrir
sobre las materias de las paces; y entre otras razones, -65-
dijo uno de los tres caciques: Padre, todos los indios principales
desean la paz, aunque el pueblo y los soldados no se pueden
persuadir de que los españoles la quieren y la desean.
A que replicándole el Padre: ¿cómo podía
ser eso, cuando el Rey lo había enviado solo a ese fin,
por el cual se había arrojado a los peligros de tantos
males, hasta llegar a sus tierras; y que eso mismo, y no otra
cosa, pretendían el señor Gobernador, los Maestres
de campo y capitanes? Respondió el cacique: «No
dudo de eso que dices; lo que se duda es que los españoles
quieran paz, que sea, paz. Bien sabemos que gustarán
de la que llaman ellos paz, y yo no la tengo por tal, que es
que nosotros nos rindamos, y nos sujetemos a ellos, y les sirvamos
como a nuestros amos y señores; y esto no es paz, sino
ocasión de las inquietudes, perturbaciones y guerras,
que hemos tenido hasta aquí. Paz es la que tienen los
españoles entre sí, y la que tienen los indios
entre nosotros, gozando cada uno de su libertad, y de lo que
tiene, sin que ninguno se lo quite, ni quiera mandarle, ni tenerlo
debajo. Esto llamamos paz, y esta la abrazaremos muy de corazón.
Pero si no tratas de esta paz, y quieres la que los españoles
llaman paz, no verás que la admitamos mientras el sol
gire por el cielo».
38.º
Vea ahora Vuestra Señoría si es nuevo en los indios
el sistema de resistir toda especie de servidumbre y sujeción
al español. Ninguna otra cosa aborrecen más que
el hecho de privarles de la natural libertad con que todos nacemos,
y así quieren gozar de la misma que disfrutan los españoles
entre sí, y los mismos indios unos con otros. Por lo
que parece al Fiscal que el remedio eficaz de que los naturales
de la jurisdicción de Valdivia, y demás que residen
tierra adentro hasta el estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos,
se reduzcan, será proponerles que gozarán de una
total libertad, sin que jamás llegue el caso de qua se
les reduzca a esclavitud, o encomiendas; y que tampoco se les
pensionará con tributos, ni otros pechos, aunque sea
dispensado la disposición de la ley 9, título
4, libro 4 de las recopiladas de estos reinos: previniéndoseles
que serán tratados como los mismos españoles,
sin diferencia alguna, pues son vasallos de un propio soberano,
cuya real benignidad ha tenido a bien adoptarlos por tales,
y recibirlos bajo de su poderosa protección y amparo.
39.º
Ni este pensamiento puede oponerse en manera alguna a la política
que hasta aquí se ha observado con esta nación,
porque atendiendo a que los del reino del Perú reconocían
a los Incas por sus soberanos y reyes, y les pagaban sus contribuciones
en prueba del vasallaje que les rendían, como no ha sucedido
esto así con los del reino de Chile que residen tierra
adentro, no parece disconforme -66- que, aunque a aquellos se
le pensionase con el tributo que señala la ley, se dispense
con esta semejante contribución, una vez que, según
nos cuentan las historias, los emperadores peruanos, no llegaron,
ni pudieron pasar con su conquista, de la tierra de los Promocaes,
y río caudaloso de Maule, que divide la provincia de
este nombre de la de Cauquenes, por la ferocidad y braveza de
los que habitan en esa parte hacia el sur; quedando el río
señalado, por términos del imperio, de orden de
Yupanqui, décimo Inca de aquella dinastía. Con
que, si es constante que los indios no reducidos, que son los
que hay desde el caudaloso río Bío-Bío,
para el sur, hasta el estrecho y costas patagónicas,
no reconocen otro soberano ni rey (a excepción de algunos
amigos de la frontera), que a sus caciques particulares, sin
retribuirles pensión alguna en señal de vasallaje,
no sería desde luego extraño que se les tratase
de la paz y amistad con los españoles, con el pacto de
las insinuadas excepciones; practicándose lo mismo con
los de la frontera de este reino, a fin de que se vayan domesticando,
y viendo que nuestras ofertas son ciertas, y nuestra amistad
sincera, se procuren españolizar, casándose indios
con españolas, y españoles con indias, a cuyo
propósito sería oportuno autorizar a los de una
y otra nación.
40.º
Los felices principios, que por efecto de la Providencia facilitaron
la adquisición del terreno en que hoy se halla situado
el fuerte de Río Bueno, y establecida la misión
que con instancia pidieron sus caciques, en la cual se han percibido
ya los frutos que manifiesta el plano de fojas 47 del octavo
cuaderno, dan sin duda fundada esperanza de que no acaso se
han logrado estas ventajas en cerca de siglo y medio que no
se oía la voz del evangelio en aquellas tierras, y de
que el Altísimo quiere ya dispensar los arbitrios de
que nuestra sagrada religión se plantifique en un terreno,
cuyos habitadores se han mostrado hasta aquí contrarios
nuestros; y prometen al mismo tiempo unos agigantados progresos
en la importante empresa de descubrir las poblaciones que han
motivado la resolución de las expediciones de que se
trata; y así sería desde luego reprensible delante
de Dios y del mundo, sacar del seno de la barbarie la semilla
de la verdadera doctrina que acaba de sembrarse con arreglo
a los dogmas de la religión, y a las soberanas y muy
piadosas intenciones de nuestros Católicos Monarcas,
que solo han anhelado con religioso celo las conquistas espirituales;
lo que forzosamente sucedería si se adhiriese a las repetidas
instancias que ha hecho el actual gobernador don Pedro Gregorio
de Echenique, sobre que se quite y destruya el mencionado fuerte,
sin más fundamento que los recelos y desconfianzas que
le asisten de la infidelidad de los indios que lo pidieron,
-67- haciendo con esto retroceder el estandarte de la fe, cuando
todos estamos constituidos en la gloriosa obligación
de llevarlo, y propender a que se conduzca hasta las extremidades
de la tierra. Por estas justas consideraciones que trascienden
a las utilidades del estado, no debe mirarse con indiferencia
lo que se ha ganado sin violencia, por lo que es indispensable
aplicar el hombro a mantener aquel puesto, y sin perjuicio de
una prudente economía, sostener, aunque sea a más
costa, la guarnición que en él se halla, y aun
aumentarla, según se reconozca por los informes del comandante
y del padre misionero, de la disposición de ánimo
de los caciques; previniéndoseles con anticipación
y sagacidad, que en prueba del aprecio que ha hecho Su Majestad
de la voluntaria oblación que le hicieron de aquel terreno,
se ha dispuesto remitir algún número más
de hombres que los defiendan de sus contrarios.
41.º
El actual gobernador, no acomodándose a lo que su antecesor
practicó en desempeño de su cargo, funda su instancia
para la destrucción del fuerte antedicho, no solo en
sus recelos y desconfianza de los indios, sino también
que estos continúan en su idolatría y vicio de
poligamia, igualmente que en los pocos o ningunos progresos
que ha hecho la misión allí establecida. Y aunque
acerca de esto último nada tiene que decir el Fiscal,
sino poner a, la vista de Vuestra Señoría el plan
presentado a fojas 47, por el Reverendo Padre procurador general
de estas misiones; pero en cuanto a lo demás, no puede
menos que recordarle la memoria de lo que dispone la ley 2,
título 4, libro 4 de las recopiladas de estos reinos.
En ella verá Vuestra Señoría cuanta es
la prudencia que se previene para semejantes casos, y cuanto
conviene la suavidad, y el que no se quiten a los indios las
mujeres, ni los ídolos, a fin de que no se escandalicen.
42.º
Y no solo convendrá que se mantenga este fuerte en Río
Bueno, sino también que se construyan otros dos o tres,
con cuyo respeto se sostenga el que existe fabricado a instancia
de los mismos caciques, bien sea en las inmediaciones de Osorno,
o no muy lejos de la provincia de Chiloé, como lo propone
el sargento mayor don Lucas de Molina, en el informe que dio
con fecha de 30 de marzo de 79, y consta a fojas 10 del octavo
cuaderno, o en los parajes que se consideren a propósito:
reencargándose muy particularmente al actual gobernador
la subsistencia, amparo y refacción del que se halla
construido en Río Bueno, por las ventajas que promete
igual avanzado establecimiento de nuestros españoles.
43.º
Y descendiendo al punto del allanamiento del antiguo -68- camino
de Osorno, para facilitar la comunicación de la plaza
de Valdivia con la provincia de Chiloé, y de la reedificación
de la ciudad perdida del mismo nombre de Osorno, a que también
se dirigen las expediciones proyectadas, halla el Fiscal, que
lejos de perjudicar en lo más leve a los indios, les
traen, por el contrario, evidentes ventajas y utilidades. Ellas
son bastantemente visibles, y no, pueden esconderse aun al más
intonso, porque no es posible haya prudente a quien se ofrezca
el pensamiento de que conviene a estos, infieles continuar en
su infidelidad, y vivir despojados de todos los beneficios que
trae consigo la sociedad y la vida civil y cristiana. Si se
mantienen en el estado mismo que ahora se ve, a más de
no gozar de los benéficos efectos de una instrucción
política, pierden de contado aun la esperanza de la vida
eterna, que es lo más precioso y apetecible. Con que
debe concluirse, que si alguna razón de conveniencia
hay en la apertura del mencionado camino, y reedificación
de la antigua ciudad de Osorno, es muy principalmente aplicable
a los indios que residen en aquella jurisdicción.
44.º
Bien ve el Fiscal que nada de esto podrá verificarse,
sin una vigorosa oposición de los mismos indios, que,
llevados de aquel rencor que profesan a nuestra nación,
y del concepto que han formado de que los españoles,
si vuelven a poblar sus tierras, los han de reducir a servidumbre
o encomiendas, como antes lo hacían lo resistan. Pero
si con anticipación se les advierte que iguales resoluciones
y establecimientos se dirigen a su propio bien, por guardarlos
de que les insulten los enemigos de la corona de España;
y que quedarán gozando de su propia libertad, sin que
español alguno les pueda obligar a servir, ni impedirles
su libre albedrío, con las otras insinuaciones que quedan
referidas en los párrafos 35, 39 y 40, le parece que
no será tanta la oposición, pues al cabo tienen
alguna luz de razón, con que no pueden dejar de distinguir
la realidad de su propia conveniencia.
45.º
Y cuando estas insinuaciones no les moviesen al voluntario allanamiento,
siempre sería justo se verificase la apertura del camino
y reedificación de la ciudad, porque nuestros católicos
monarcas tienen legítimamente fundado su supremo dominio,
aun en las tierras que se hallan ocupadas y pobladas por los
indios; pues siendo ellos tan bárbaros, incultos y agrestes,
que apenas merecen el nombre de hombres; y necesitando por lo
mismo de quien, tomando su gobierno, amparo y enseñanza
a su cargo, los reduzca a vida humana, civil, sociable y política,
para que con esto se hagan capaces de poder recibir la fe y
religión cristiana, una vez que nuestros mismos soberanos
han tomado -69- sobre sí este cargo, no debe dudarse
de la legitimidad con que se intenta la sobredicha reedificación,
con ese laudable objeto, aun prescindiendo de los otros muchos
títulos que legalizan aquel supremo dominio, y no refiere
ahora el Fiscal, por ser constantes a Vuestra Señoría,
y notorio a todo el mundo, a pesar de la envidia de los extranjeros
y herejes que han querido disputarlos.
46.º
Y si la ejecución de uno y otro proyecto es útil
y ventajosa a los indios, según va fundado, no lo es
menos para la nación española, y para el estado
todo, pues sus resortes son necesariamente la mayor seguridad
del reino, sus plazas y fortificaciones, y el remedio de que
las de Valdivia y Chiloé se provean de cuanto necesitan
para subsistir, siguiéndose de aquí los ahorros
de la real hacienda, y el aumento de ella, con adelantarse los
comercios.
47.º
Sobre estos dos puntos tiene ya Vuestra Señoría
mucho avanzado, porque en el expediente formado sobre la apertura
del antedicho camino de Osorno, aparece la empeñosa instancia
que el año de 763 hizo el vecindario de la provincia
de Chiloé, ofreciéndose allanarlo y romperlo a
su costa, con tal que se les diese el auxilio de la tropa necesaria.
Con esto hay ya un principio de mucha consideración,
para verificar el proyecto, que siendo tan importante y útil
al estado, igualmente que a la población de Chiloé,
debe llevarse a puro y debido efecto, teniéndose presente
el informe que el Gobernador y Cabildo hizo sobre este asunto
en 6 de febrero de 1753, y corre desde fojas 26 hasta fojas
33 del precitado cuaderno, señalado con el número
98.
48.º
Allí se asienta que será mejor y muy ventajoso
se reedifique la ciudad en la costa, con el fin de que, en el
caso de ser insultada por los enemigos de tierra, pueda, con
facilidad ser socorrida de la provincia de Chiloé en
piraguas, y de la plaza de Valdivia en sus lanchas: y desde
luego este pensamiento está conforme con lo que dispone
la ley 2, título 5, libro 4 de las recopiladas de estos
reinos, en que se proviene, que las tierras que se hubieron
de poblar, tengan buenas entradas y salidas, por mar y tierra,
de buenos caminos y navegación, para que se pueda entrar
y salir fácilmente, comerciar y gobernar, socorrer y
defender; pues estando tierra adentro, se haría más
difícil, por ser más forzoso a los socorros abrir
camino con las armas, y mucho aumento de estas para la seguridad
de las escoltas y bajeles que quedasen en el puerto aguardando
las resultas. Y sobre el reparo que pudiera hacerse, de que
estando la población en la costa se expondría
a los insultos del enemigo de Europa, responde muy bien el Cabildo:
esto es, si donde hubiere de hacerse hay puerto -70- capaz de
fondear navíos, por la misma razón conviene que
allí esté la ciudad, para guardarlo y defenderlo,
y no dar lugar a que el enemigo se apodere de él: y si
no lo hay, está desde luego libre la población
de este recelo, pues eso mismo será causa de que no se
arrime a la costa; mayormente reinando en ella en los mejores
tiempos del año la travesía que les obligará
hacerse a la mar, o a perder sus embarcaciones. Por cuyas razones
contempla, y con bastante fundamento, que la población
se haga y verifique en la costa, en que además sus vecinos
podrán disfrutar del beneficio del peje y marisco.
49º.
Del mismo modo parece oportuna la construcción de un
fuerte a la entrada del camino por la parte de los indios Juncos,
el cual ha de ser la puerta y seguridad del de aquella provincia,
por donde todos han de pasar, y los socarros y escoltas; y hacer
mansión segura para seguir jornada, así los que
salgan de la provincia para la ciudad, como los que vayan de
ella a la provincia. Y también es indispensable que se
fabrique otro fuerte en el paraje donde se fundase la ciudad,
para que a su abrigo esté y duerma el vecindario con
el correspondiente seguro, e igualmente otras que se consideren
precisos, conforme a lo dispuesto por la ley 7.ª del precitado
título y libro, según el conocimiento que se adquiera
de aquellos terrenos, con la idea de que sea perpetua la población,
y el camino expresado. A cuyo propósito deberán
los fuertes proveerse de la correspondiente tropa y armas; a
que podrá contribuir en gran manera la guarnición
destinada a la isla de Juan Fernández, en el caso de
que se disponga su translación, como oportunamente lo
ha propuesto el capitán don Manuel de Orejuela, cuyas
producciones en cuanto a estos puntos, reproduce el Fiscal enteramente,
para que Vuestra Señoría haga de ellas el uso
que su perspicaz penetración y consumada pericia militar
tuviese por más acertado y conveniente. Añadiendo
que desde ahora contradice una y muchas veces el que los españoles,
que hubiesen de entrar a abrir el camino y poblar la ciudad
de Osorno, hagan a los indios el más leve daño,
ni les tomen cosa ninguna de sus bienes, haciendas, ganados
ni frutos, sin que primero se les pague, y dé satisfacción
equivalente: procurando que las compras y rescates sean a su
voluntad y entera libertad; y pide que sean castigados aquellos
que les hicieren mal tratamiento o daño, como expresamente
lo previene la ley 8.ª del antedicho título y libro
de las recopiladas de estos reinos.
50.º
Conoce el Fiscal que las circunstancias actuales de la presente
guerra con la nación británica, lo exhausto del
real erario, la necesidad de mantener reforzadas las plazas
y presidios de este reino, y las inquietudes de él del
Perú, de donde deben venir los correspondientes auxilios,
-71- pueden entorpecer la ejecución de las expediciones
proyectadas: pero si Vuestra Señoría reflexiona
que aun después de declarada la guerra se expidió
el real orden, fecho en San Ildefonso, a 6 de setiembre de 1779,
que se halla a fojas 3 del expediente seguido por el capitán
don Manuel de Orejuela, sobre la asignación y goce de
su sueldo, en que se le mandó saliese inmediatamente
de la corte, y se pusiese en marcha para esta ciudad a cumplir
la comisión conferida a esta Capitanía General,
verá que la real voluntad es que se verifiquen dichas
expediciones, aun en estas propias circunstancias, aunque sin
noticias de las citadas revoluciones del Perú, que han
inferido tan crecidos gastos a la real hacienda. Sin embargo
de lo cual, como sobre este asunto debe Vuestra Señoría
entenderse con el Excelentísimo Señor Virrey,
en conformidad de la enunciada real orden de 29 de diciembre
de 1779, puede, siendo servido, hacerle la correspondiente consulta,
y proceder de acuerdo con Su Excelencia en la deliberación
de este importante y grave negocio; que, en sentir del Fiscal,
sería más fácil y expedible si pudiesen
verificarse las reales intenciones, y la solicitud de los establecimientos
que se desean descubrir, por medio de algunas embarcaciones
pequeñas que navegasen por alguno de los ríos
que desembocan en el mar y costas de Chiloé. Sobre todo,
Vuestra Señoría con sus acendradas luces, resolverá
lo que le parezca más acertado y conforme a las soberanas
intenciones de Su Majestad. Santiago, 31 de julio de 1782.
Doctor
Pérez de Uriondo
|
| 1786-1788
Expediciones del piloto José de Moraleda a los archipiélagos
australes y la costa de Aysén. En 1792-1793 realiza nuevas
exploraciones, que plasma en un mapa de la región |
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1791-1793 Expediciones de fray Francisco Menéndez a Nahuel
Huapi
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Autor:
Alejandro Vega Ossorio.
Consultor
Técnico.
Comisión
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